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El ser múltiple y diverso Parece imposible explicar coherentemente por qué las cosas son precisamente como sonFernando Leal Decíamos que, según Parménides de Elea, el ser es uno, plenamente compacto, inmóvil, finito, perfecto y eterno. Uno porque, si fuese múltiple, entonces entre los diversos seres mediaría el no ser, que no puede existir ni pensarse en modo alguno. Compacto porque no admite en su ser ningún fragmento de no ser, que sería el principio de separación entre las partes. Inmutable e inmóvil porque no hay espacio donde pueda ir fuera ni dentro de sí. Finito porque se contiene en sí y ni siquiera la nada es fuera de él. Y perfecto y eterno porque no nace ni perece. Aunque la coherencia de la lógica de Parménides sedujo a grandes pensadores antiguos, aun Platón, en sus primeras épocas, se encontró bajo su influjo, el mundo en que vivimos cambia constantemente. No obstante, las cosas son tan variadas y cambian y se mueven de modos tan diversos, que parece imposible pensar coherentemente una explicación acerca de por qué son como son, si todas ellas no se reducen a un único principio substancial, desde el cual se desprendan sus características. Sin ese firme punto de apoyo, ¿cómo asir con el pensamiento su movilidad y explicar la razón de sus transformaciones y su diversidad? Así, los primeros filósofos y físicos griegos, oriundos de la ciudad de Mileto, se explicaron la multiplicidad de las cosas mediante su reducción a un principio material, cuyo movimiento y transformación origina todo cuanto llega a ser. Tales dijo que aquel principio es el agua, pues todo alimento es húmedo y las semillas que engendran a las cosas son húmedas. Anaximandro pensó que este principio es lo infinito indeterminado, eternamente móvil, que por separación engendra los caracteres contrarios, como seco y húmedo, caliente y frío, y así las cosas en su determinación. El movimiento de lo infinito produce infinitos mundos cíclicos sucesivos, que nacen, duran y terminan según su ley. Anaxímenes enseñó que el aire es el principio substancial, que por condensación se transforma en viento, nube, agua, tierra y piedra, y que, al contrario, por rarefacción se transforma en fuego.
Nada permanece. Heráclito de Efeso dijo que "todo fluye" y es como un río en cuyas corrientes es imposible sumergirse dos veces, porque cambian incesantemente. Todo proviene de un principio sumamente móvil: el fuego porque todas las cosas se truecan con fuego, y este con todas, como las mercancías se truecan con el oro. Además, las oposiciones mantienen una lucha universal que une y desune a todas ellas. La discordia levanta y destruye los reinos, hace esclavos de los amos y viceversa, de manera que nada se mantiene por siempre. Pero de las tensiones opuestas surge la armonía de la ley, cuya razón las une separándolas. Si las cosas responden a su ser, entonces este ser necesita pensarse como originalmente múltiple, diverso, móvil y mutable. Esta necesidad de explicar la multiplicidad de acuerdo con el movimiento condujo a Leucipo de Mileto y a Demócrito de Abdera a pensar que el ser y el no ser (vacío de ser) son el principio originario de las cosas, pero que el ser se compone de infinito número de pequeñas masas indivisibles, eternas e invisibles a nuestros ojos, que se mueven constantemente en el vacío, y que uniéndose originan la aparición de las cosas, y desuniéndose, su desaparición. Las llamaron "átomos", que significa "indivisibles", y pensaron que las características de las cosas se explican por el orden y posición de los átomos reunidos, que difieren a su vez por sus formas y magnitudes. De este modo, el ser uno ideal, compacto, eterno, finito e inmutable de Parménides, por el pensamiento atomista se dividió en infinito número de minúsculas masas materiales indivisibles, eternas, compactas, móviles y diversas de forma, cuyo movimiento se realiza a través de lo que las separa: el vacío, que no es cosa compuesta ni átomo y que, sin embargo, "no siendo", junto al ser infinito permite su dispersión y movimiento a través de él, no obstante no ser.
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