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EDITORIAL

México hacia el futuro

Con ganador, pero sin presidente electo, aún hay escollos inmediatos que salvar
La responsabilidad y las instituciones deben superar los amagos de agitación


Al fin México tiene un triunfador en sus elecciones del domingo; pero, desgraciadamente, todavía no tiene, oficialmente, un presidente electo. El balance final divulgado el jueves por el Instituto Federal Electoral (IFE), tras sumar todas las actas del proceso, dio al centroderechista Felipe Calderón Hinojosa, del gobernante Partido Acción Nacional (PAN), el 35,89% de los sufragios, frente al 35,31% para Andrés Manuel López Obrador, del centroizquierdista Partido Revolucionario Democrático (PRD), una diferencia de 243.934 votos, equivalentes a 0,58 puntos porcentuales. Roberto Madrazo, del otrora dominante Partido Revolucionario Institucional (PRI), quedó en un humillante tercer lugar, con el 21,57%.

El resultado tan estrecho, sumado a la polarización de la campaña, la desconfianza (injustificada) que muchos mexicanos tienen en su sistema electoral y el estilo conflictivo y populista del principal perdedor, aún mantienen crispado al país. López Obrador no solamente ha anunciado que impugnará los resultados ante el Tribunal Electoral - órgano del Poder Judicial federal-, también ha convocado a movilizaciones para denunciar lo que considera "irregularidades" e "inconsistencias" del proceso.

La impugnación es una acción totalmente legítima, al que tiene derecho cualquier candidato y que, por tanto, no puede ser censurada: será resuelta en el plazo correspondiente, tras el cual se podría proclamar, con toda solidez institucional, a quien gobernará el país a partir del 1.° de diciembre. Pero las acciones de hecho no se justifican por ningún concepto, porque, además de socavar la legitimidad del proceso, prolongan el ambiente de confrontación que debería quedar atrás y podrían tener, si se salen de las manos, serias consecuencias para la estabilidad del país.

En este contexto tan enrarecido, la sensatez de las autoridades gubernamentales, electorales y judiciales, y de todos los dirigentes políticos, pero, en especial, los del PRD, será un factor crítico para mantener la tranquilidad. Se trata de una responsabilidad esencial, de cuyo resultado puede depender mucho del futuro de México. Porque tanto la solidez definitiva de sus instituciones democráticas, como la gobernabilidad necesaria para acometer los demás retos del país, requieren superar con éxito esta prueba de legitimidad, a pesar de que algunos sectores extremistas y beligerantes se esfuercen por empañarla.

Mientras se avanza en ese sentido, sin embargo, el candidato ganador debe comenzar su trabajo con a la formación del próximo Gobierno y, sobre todo, facilitar la puesta en práctica de las políticas y decisiones que el país requiere. México está necesitado de una mayor modernización económica, de una eficaz lucha contra la inseguridad, la arbitrariedad y la violencia, de mayor inversión pública, de un mejor sistema tributario y de una reforma profunda en el sistema educativo. Las particularidades del proceso electoral y la tradición obstruccionista de la oposición serán obstáculos importantes en esta tarea. Sin embargo, también existen buenos puntos de partida. El principal es que, aunque ningún partido tendrá mayoría parlamentaria, el PAN será, con cierta holgura, la principal fuerza, tanto en el Senado como en la Cámara de Representantes. Desde esa posición, y partiendo de que será ratificado como presidente, a Calderón le sería factible estructurar acuerdos, sea con el PRI o, incluso, con el PRD, para avanzar en el ámbito legislativo.

En su haber tiene, además, un sólido equipo de colaboradores y claridad sobre la estrategia que deberá seguir en el próximo sexenio.

Los mexicanos están, pues, ante un momento difícil, pero también esperanzador. Confiamos en que la madurez triunfe sobre la irresponsabilidad, y las instituciones, sobre cualquier arbitrariedad. Esta es la gran apuesta sobre el futuro.

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