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Aquella muchacha Enrique Obregón Valverde El recuerdo supera la totalidad de lo que somos, pero tiene sitio en una pequeña cavidad del corazón. Es que en el corazón cabe todo, desde el dolor por la muerte de los que hemos amado hasta la ilusión por lo que ansiábamos y nunca pudimos obtener. Como aquella muchacha que conocí en una ciudad andaluza -recorriendo estrechas callejuelas antiguas- con su traje mañanero semiajustado, zapatos de bajo tacón y un coqueto clavel en el pelo. "Mira -me decía-, estira los brazos y tocarás las paredes de estas dos casas que se han enfrentado, sin disgustarse, durante cuatrocientos años". Eran dos casas unidas, a lo alto, por un arco romano y, bajo el arco, nosotros, riendo atolondradamente. Es el recuerdo que ahora viene a mi encuentro de la mano de una risa que se desprende, bostezando inquieta, de un rinconcito sentimental. Sucederá sin suceder. Y del recuerdo, el silencio, que gesticula elocuentemente, como llamando, como clamando, como queriendo renacer. Pero sucederá, sin suceder, porque esto aconteció precisamente en una época cuando creía que todos los bosques eran míos al contemplar los árboles desde la raíz hasta su contacto con las nubes; cuando pensaba que el río me pertenecía porque lo podía abrazar apretadamente, y cuando estaba seguro de que la propiedad del mar me la habían traspasado con sus peces profundos y sus gaviotas que se mecían apaciblemente en aguas tranquilas al amanecer. Cuando era joven el tiempo. Fue cuando comprendí que el tiempo se podía detener por un instante en el preciso momento en que no hay ruido en las calles, cuando el sol apenas anuncia su salida, y las gaviotas no chillan porque están pensativamente calladas. Solo el que puede apreciar el instante en que el tiempo se detiene, está en capacidad de encontrarse con el amor, y nada más él podrá recobrarlo, con alguna frecuencia, a través de los años, convertido en una sonrisa que revolotea por la callejuela de una lejana ciudad. Y las dos casas centenarias unidas fraternalmente por un arco, convencidas de la convivencia en paz. Y bajo el arco, nosotros, atados para siempre en el recuerdo y la sensación de que algo bello y maravilloso sucedió. Estoy totalmente seguro de que en Andalucía nada se mueve, en el sentimiento, la espiritualidad y el amor, sin la caprichosa voluntad de un clavel.
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