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En Guardia Jorge Guardia Quirós jguardia@nacion.com Don Abel, al final de su gestión, se sacó un buen as de la manga. Decidió gastarse, él solo, los recursos de la reforma fiscal y dejar a don Óscar Arias prácticamente sin nada. Lo habíamos criticado fuertemente por insistir en aprobar un paquete fiscal que no generaría ningún recurso durante su gestión y, además, por servirle la mesa al nuevo gobierno, que no sufriría el costo político de la reforma. Lo punzamos, también, por dejar a la Unidad -su partido- partido por la mitad y despojarlo de una carta de negociación fundamental durante la próxima legislatura. Pero este as, si pega, podría salvarlo de todo escarnio y reprobación. Haría historia. Consiste en solicitar que la Asamblea Legislativa destine el producto de la reforma fiscal a financiar las pérdidas del Banco Central. El esquema, si pega, consistiría en trasladar el servicio (principal e intereses) de los pasivos con costo del Banco al Estado, por un monto de $2.682 millones (unos... bueno, ya es más fácil contar en miles de dólares que en miles de millones de colones). Al absorber Hacienda el pago de intereses, el Banco eliminaría su déficit actual, equivalente al 1,5% del PIB, monto similar al total del paquete tributario (1,75% del PIB), según estimaciones del FMI. Si pega, el nuevo Gobierno no vería prácticamente nada. Tampoco habría ninguna reducción del déficit global del sector público. Simplemente, se pasarían los faltantes de un bolsillo a otro: lo que pierde el Central, lo gana Hacienda. ¿Por qué, entonces, arriesgar esa alquimia financiera? Por una razón de fondo: caería al fondo la inflación. Ahora, para hacer frente al servicio de su deuda, el Banco Central debe emitir dinero (o más deuda al vencer el principal) y esa emisión constituye un porcentaje elevado de la masa monetaria. Aumentan el circulante, la inflación, los intereses y la devaluación. Pero, al controlar la emisión, surgen beneficios económicos y sociales adicionales. Bajaría el costo de la canasta básica y más familias caerían por debajo del nivel de pobreza (la inflación golpea más a los pobres, que manejan sus saldos en efectivo, mientras que los ricos se protegen con inversión). Caerían, además, las tasas de interés y se estimularían el crédito, la inversión y el crecimiento. Pero esos beneficios no se darían si se destinaran los recursos a financiar el déficit fiscal o aumentar los gastos. La carta de don Abel es buena. Si pega, don Óscar quedaría en una encrucijada: con menor inflación, pero con la obligación de pedir otro paquete tributario. ¿Permitirá que don Abel se la juegue? Veremos cuán agradecido está con el PUSC por haberle aprobado nuevos impuestos.
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