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¿Son ellos el futuro? Juan Fernando Cordero jfcordero@nacion.com Dos casos de la vida real. 1) Le pregunto a un joven estudiante que espera el autobús en San Isidro de Heredia dónde queda la parada de esa localidad en San José. El muchacho me mira un tanto sorprendido y contesta más o menos así: "Es ahí por el banco grande (y levanta su mano para ilustrar la altura), como a 100 metros hacia. es que no sé dónde quedan los puntos cardinales, pero es cerca de ese banco". 2) Leo en un reciente número de la revista Perfil unas cortas referencias de jóvenes votantes primerizas sobre si Costa Rica está preparada para que una mujer ocupe la Presidencia de la República. Una de ellas, de 22 años, responde que el país es machista y retrógrado para tener una mujer presidenta y que ella no votaría por una candidata a ese cargo. Respiro hondo y ahora soy yo quien me autopregunto: ¿Son realmente los jóvenes el futuro del mundo? ¿Será posible confiarle el destino, ya no del planeta sino del propio país, a personas así? ¿Es sensato pensar que alguien pueda dentro de unos años señalar el norte de Costa Rica cuando ni siquiera sabe dónde queda el norte? ¿Podremos crecer como sociedad más igualitaria, dejando atrás los siglos de dominación masculina, cuando muchas mujeres son más machistas que los tipos más machistas de las películas mexicanas de charros? Todos tuvimos 18 y 20 años alguna vez y evidenciamos nuestras ignorancias y carencias a manos llenas, pero al menos podíamos leer un reloj de agujas y sabíamos lo que quiere decir OEA (que para las nuevas generaciones debe ser algún grupo de pop español). Nos bastaba una educación pública de buena calidad (donde, de paso, aprendimos el poquito de conciencia social de que hoy aún nos enorgullecemos) y el que en nuestras casas no esperaran mayor cosa de nosotros que ser personas de bien, no por conformismo, sino porque no existían los modelos de "éxito" actuales. En resumen, no éramos el futuro del mundo, sino tan solo una pacotilla de estudiantes con apenas la plata de los pases. Hoy, por el contrario, les pedimos a los jóvenes prepararse para hacerse cargo de todo. Y los mandamos a una guerra desigual en oportunidades y recursos que a lo único que conduce es a ahondar las desigualdades y a incrementar las frustraciones.
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