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EDITORIAL

Llegó la hora

Confiamos en que el nuevo ministro de Educación posea los más altos atestados y liderazgo para conducir este proceso


No podía ser más oportuna la publicación, hoy, del informe del programa Estado de la nación en desarrollo humano sostenible sobre la educación nacional. Tema debatido en la campaña política pasada, preocupación máxima del pueblo de Costa Rica, angustiante realidad por su decaimiento, en el orden de la infraestructura, la cobertura y la calidad; vector principal -y, por lo dicho, insuficiente- de la lucha contra la pobreza y del desarrollo del país, avivado aún más por los desafíos apremiantes del mundo moderno; deber intransferible de la familia, de la sociedad y del Estado, y derecho humano esencial, la excelencia de la educación pública y privada se nos presenta, ahora, como la obligación primaria de esta generación.

Desde este punto de vista, el informe Estado de la educación llega apenas a tiempo por cuanto estamos, sin hipérbole alguna, en el límite del descalabro. Así lo indican las estadísticas, el método comparativo -con los mejores- y la experiencia cotidiana, de lo que hemos dado cuenta en estos diez años. Nuestra intensidad informativa sobre los problemas sociales del país en esta década ha tenido como epicentro la educación pública. Desventuradamente, el Estado y, en general, los sectores llamados, por principio y deber, a acometer esta tarea no han estado a la altura de los tiempos y de las necesidades, como sí lo estuvieron nuestros antepasados en circunstancias más menesterosas.

La oportuna cita de José María Castro Madriz (1844), acuñada casi al día siguiente de nuestra independencia, estampada en la presentación de este informe, describe la talla intelectual y visión de aquellos gobernantes: "Se ha propagado en el mundo un espíritu de análisis; hay tal emulación en las naciones que todo lo que no se ejecute conforme a los mejores principios, tendrá resultados desfavorables y ningún pueblo podrá competir con los demás sin mucha actividad y sin mucha ciencia". En esta cita resaltan varios conceptos básicos: la importancia dada al análisis, a los principios y a la ciencia en la educación, para formar a los ciudadanos y competir en el mundo, y la apertura o visión global de la cultura. La subestimación de estos conceptos en la educación pública, suplantados por un pedagogismo vacío y formalista, y un sentido de campanario de la cultura nos explican, en buena parte, lo que está ocurriendo. Lo dijo recientemente el informe Estado de la nación y lo reiteramos: "Nuestro pueblo está alfabetizado, pero no educado".

La tarea es, pues, de gran calado, por lo que merece reconocimiento público el Consejo Nacional de Rectores (Conare) por aceptar, en el 2003, el encargo presidencial de elaborar "el diseño de una política de Estado en materia de educación con un horizonte de largo plazo". La respuesta es el informe que comentamos, que se proseguirá anualmente, como herramienta valorativa, y cuyos antecedentes se encuentran en las investigaciones del programa Estado de la nación, generadoras de varias publicaciones, entre ellas, la del 2004, intitulada Educación y conocimiento en Costa Rica: desafíos para avanzar en una política de Estado, antecedido por el segundo informe Estado de la nación en 1996. Este esfuerzo sostenido sobre la educación nacional y el proyecto sobre el desarrollo y aplicación de la ciencia y la tecnología en Costa Rica, en los próximos 50 años, coordinado por Franklin Chang, constituyen, sin lugar a dudas, el aporte más visionario, concreto y fecundo para el desarrollo de nuestro país en estas décadas.

Los proyectos y las ideas no dan frutos, sin embargo, por sí solos. Producto de las personas, exigen, en el campo de la educación, como política de Estado, tal como se ha propuesto, un ministro de Educación de elevados quilates intelectuales, capaz de conducir y coordinar este proceso, en el marco de un gobierno dispuesto a dar cima a esta verdadera revolución educativa. Confiamos en que el compromiso por un sistema educativo excelente y compartido, contraído por el partido vencedor en las elecciones pasadas y proclamado por los demás partidos contendores, comience a tomar cuerpo con un liderazgo de primer orden y un gobierno que lo secunde.

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