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En Guardia Jorge Guardia Quirós jguardia@nacion.com El Partido Unidad, al aprobar el paquete tributario, rebasó el umbral de ingenuidad, rompió el récord del masoquismo político y se adentró en el campo del suicidio partidario. No recuerdo una decisión colectiva tan burda en la historia política del país. ¿Por qué aprobar nuevos impuestos al concluir el mandato si solo beneficiarían al adversario consuetudinario? ¿Dónde estaba Rafael Ángel Calderón, líder natural del partido y hombre influyente en sus decisiones? ¿Por qué no intervino para evitar servirle el plato en bandeja a don Óscar Arias, su querido enemigo? ¿Por qué no exigió nada a cambio, ni una cuita, siquiera, o modificar la misma reforma para hacerla más equitativa? La fracción del PUSC, a punto de fenecer, castró a su próxima generación. Ya no podrá engendrar ni dar vida a otros proyectos a cambio del plan fiscal. En política, las cosas se gestan y dan a luz. Siempre hay toma y daca. Eso es legítimo. Está en la esencia de la democracia. Y no es válido argüir que era (supuestamente) necesaria para el bien del país. Lo que era -y es- necesario es una buena reforma fiscal, no esa. Para ello, había que entablar una nueva negociación. En esta, un partido recibió todo y, el otro, nada. Los diputados del PUSC no saben votar; botar, sí. Más me sorprendió la actitud del PAC y, en particular, la de la jefe de fracción, Marta Zamora. Ella votó a favor de esta reforma a sabiendas de que bajaba el impuesto a las empresas, eximía los dividendos, daba un trato preferencial a las ganancias de capital e intereses, pero era más severa con los salarios. El PAC había opuesto una visión fiscal alternativa a la del PLUSC (ahora, juntos y revueltos), más equitativa y menos sesgada a favor del capital. Para ellos, era esencial poder negociar una nueva reforma fiscal en la próxima legislatura. Su mejor carta en la dura pelea por el TLC. ¿Por qué no rompieron el quórum para evitar que pasara la reforma tan inicuamente? El PLN, en cambio, actuó astutamente. Se los comió (sin eructar) ni enrojecer por el canibalismo político. Ahora, con el vientre lleno y plata en mano, no los necesitará más. No tendrá que negociar con ellos ni tomarlos en cuenta. Le bastará girar instrucciones al PUSC, siempre sumiso, para aprobar el TLC. Y nadie le podrá exigir reducir el gasto, eliminar prebendas (como el excesivo gasto electoral o la propaganda gubernamental), ni racionalizar las funciones del Estado. La esperanza del PAC de forzar una gran concertación nacional para redefinir los modelos económico, jurídico, político y social, se la llevó el viento. ¿Podrá revivirla en el segundo debate de la reforma fiscal? Veremos.
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