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Ruptura, neutralización y convergencia Esto es converger: avanzar hacia la semejanza sin dejar de ser lo que se esFernando Araya consulfe@hotmail.com La condición contemporánea del país, que sobrepasa, en mucho, un resultado electoral, puede expresarse en tres conceptos: ruptura, neutralización y convergencia. La sociedad nacional se encuentra en proceso de ruptura respecto al modelo de interacción social y política surgido hacia principios de los años 80. Con el paso del tiempo, este modelo se transformó en un sistema subterráneo de cogobierno y redes de influencia, políticas y no políticas, orientadas a la obtención de rentabilidades económicas privadas bajo la protección del poder público. No se trata, por lo tanto, de una realidad que opere solo a nivel político/partidario o político/sindical, sus ramificaciones abarcan la totalidad de la vida costarricense, motivo por el cual se le puede observar en ámbitos como la educación, la religión y la cultura. Tal subsistema de relaciones, que en adelante denomino Leviatán -monstruo mitológico referido en la Biblia judeo/cristiana- posee dos rasgos principales: la omnipresencia y la multiplicidad de sus cabezas. Este Leviatán no es, entonces, bicéfalo, sino multicéfalo. En la ruta que conduce a su desaparición es básico interiorizar las consecuencias de su omnipresencia, en especial aquella que le permite reaparecer en los lugares más insospechados cuando ha sido vencido en otros. Olvidar esto equivale a menospreciar el poder real del Leviatán, condenando al fracaso cualquier intento de erradicarlo. El punto medio. Es también necesario desarrollar los efectos de un hecho evidente: la ciudadanía costarricense elige, de modo constante, alternativas reformistas que hacen evolucionar la sociedad a través de mejoras parciales; estas opciones, al encontrarse en el punto medio de la interacción política, adquieren niveles de fuerza equivalentes y se neutralizan mutuamente. Neutralizarse es algo por completo distinto de polarización; hay quienes ven la realidad a través de enfoques dualísticos, maniqueos, según los cuales todo el mal esta de un lado y todo el bien del otro, razón que les lleva a sostener que el país se encuentra polarizado, sustituyendo la realidad con sus deseos. Existe, como es notorio, un altísimo grado de versatilidad y movilidad de los actores sociales y políticos, que para evolucionar se necesitan unos a otros, pero esto no es polarización, sino convergencia ético-cognitiva de movimientos y partidos. Tal fenómeno consolida los contenidos reformistas del desarrollo nacional, mientras las opciones minoritarias, hacia la extrema derecha o hacia la extrema izquierda, tienden a ubicarse en la periferia; así se enriquece el sistema de alianzas que fundamenta la nueva hegemonía reformista. La convergencia conlleva la ampliación del ámbito de coincidencias estratégicas. La tesis y la antítesis se unen en la síntesis. Esto es converger: avanzar hacia la semejanza sin dejar de ser lo que se es. Renunciar a la convergencia equivale a negar la lógica interna del punto medio y a favorecer al Leviatán, que en su laberinto espera y acecha, soñando con un país polarizado. La convergencia genera tres hechos que constituyen el jaque mate en el ajedrez político actual: consolida un nuevo reformismo, evita la polarización cándidamente anunciada por algunos y culmina la desaparición del Leviatán en su forma histórica contemporánea. La efectividad de este jaque mate depende de una condición: transformar los valores éticos y los conocimientos en variables internas del desarrollo social. Ética y conocimientos son política y económicamente rentables, no así las moralinas y las retóricas, máscaras de una mascarada clientelista, simplista y opresora. El talón de Aquiles del nuevo reformismo es su mayor o menor capacidad para traducir en hechos saberes y valores.
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