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No por mucho pitar. No es cuestión de trompetas ni altavoces, sino de voz interna, la de la concienciaVíctor Valembois Veo todavía, en Bruselas, en Lovaina, etc., la estación del tren que se va y uno cómodamente sentado. Recuerdo en la frontera franco-española el trasbordo casi inhumano. Percibo todavía a los portugueses, en tercera clase, convidando a pancito y sardinas. Era en mis locos años sesenta. Admiro todavía esas escenas "de película" en rollos de verdad, con el héroe que lograba rescatar, en el último momento, a una persona amarrada a los rieles... El ensordecedor ruido del tren lo tengo en mi oreja sorda al releer La Sonata a Kreutzer, de Tolstoi: es un personaje más. Pero necesito protestar por la contaminación sónica del tren que pasa por San Pedro. Como tantas veces, hace unos días, pitó como 18 veces. en, si acaso, 100 metros... espantoso. ¿Habrá menos accidentes por este aviso sonoro hasta barrio Pinto? En lo visual, hagamos la prueba poniendo ahora cada 100 metros una señal de "máximo 40 km/hora" en toda la avenida segunda de San Pedro. La culpa no es del noble cantón de San Pedro, ni siquiera del maquinista que piensa actuar bien. Desde luego, agradeceríamos menor insistencia; pero es como con el amanecer: no por mucho pitar. La voz interna. No hay peor sordo que el que no quiere entender. Algo tiene de pleonasmo, el pito, por lo auditivo, aparte de la señalización visual, en placas y en el asfalto: el ciudadano que merece este nombre, se fija y no necesita que le recuerden que un tren no puede parar en 50 metros. En mi banco, el guarda repite a voz en grito el número de orden que acaba de salir indicado, con visualización y un pito característico. Igual, ese "gritón" en la pisadera de ciertos buses en San Pedro, vociferando "San José, San José", cuando en el parabrisas señala exactamente este mismo destino, y con mayor precisión. En mis años de asambleas universitarias se convocaba con fotocopia individual y, aparte, el día de la reunión, por teléfono conminaban gentilmente a asistir, cosa que era y es elemental deber. Refiere Brenes Mesén: "la educación provoca un cambio profundo o no es educación del todo". No es cuestión de trompetas ni de altavoces, sino de voz interna, la de la conciencia. El problema real está entonces, más allá del mismo transeúnte es el concepto de educación y de país que queremos: es como con la anécdota de don Ricardo, que, ante un toro muerto, sobre la línea, recriminó al campesino: ¿cómo fue la cosa, el tren invadió la finca del toro o este se metió en la línea? Este "soldado" avisado nuestro, alfabetizado pero no educado. igual muere en la línea, y de frente, si no cambia su actitud de imprudencia consuetudinaria. Auguro lo mejor para trenes por todo el país, entre San José y Heredia, pronto hasta Puntarenas, Cartago, etc. ¡Ah!, y en mi querido San Pedro, las palmeras y las bancas alrededor: todo se pondrá a caminar el día en que haya dos trenes en la estación. Ojalá sea pronto, porque muchos, muchísimos, utilizamos y disfrutamos el tren.
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