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EDITORIAL

Pronóstico reservado en Haití

El país tiene males tan profundos que cualquier esperanza es débil


No ha sido una decisión químicamente pura desde el punto de vista político-electoral. Pero, en un país tan complejo e institucionalmente quebrado como Haití, que, tras las elecciones del domingo, se encaminaba nuevamente hacia el caos generalizado, la decisión anunciada ayer por su Gobierno interino, y que contó con el aval de las Naciones Unidas y los observadores internacionales del proceso, ha sido la mejor y más práctica. Mediante un procedimiento que, en esencia, consistió en distribuir los votos blancos de forma proporcional a los candidatos participantes, René Préval, quien en el escrutinio se acercaba al 50% requerido para obtener la presidencia, y había denunciado un "fraude masivo" en su contra, fue declarado ganador.

Tanto el sospechoso y alto volumen de votos en blanco (4% del total emitido), como la pérdida del 8% de las papeletas válidas y la anulación de otro 7% por ser, supuestamente, "ilegibles", justificaban sus denuncias. Tomando en cuenta todos esos factores, además de que Préval tenía, oficialmente, el 48,7% de la votación y su rival más cercano apenas llegaba al 12%, el acuerdo logrado debe ser bienvenido. Gracias a él, y dentro de las terribles imperfecciones que lo caracterizaron, el proceso electoral haitiano ha concluido con relativo éxito. Por desgracia, este retorno a un precario orden institucional no es garantía alguna de que Haití pueda encaminarse hacia el orden y la gobernabilidad, ni de que, a partir de ellos, las terribles condiciones de vida de su población puedan mejorar.

Sus índices de pobreza, escolaridad y salud son los peores del continente. La expectativa de vida es de apenas 51 años para los hombres y 52 para las mujeres (25 años por debajo de la costarricense). El desempleo ronda el 50% y el ingreso anual por habitante el pasado año fue de $390. A partir de 1990, tras el derrocamiento de la sangrienta dictadura de la familia Duvalier, los períodos de real democracia y estabilidad han sido muy breves. En su lugar, la violencia, el caos y los enfrentamientos políticos y sociales han estado a la orden del día. La última etapa de este complejo camino se abrió en el 2004, luego de que, en medio de la arbitrariedad y el caos, el presidente Jean-Bertrand Aristide se viera obligado a abandonar el poder y obtener asilo político en Sudáfrica. Tras sangrientos enfrentamientos entre bandas armadas y rivales políticos, una fuerza de "estabilización" de la ONU, integrada por 8.000 efectivos de varios países y comandada por Brasil, ha mantenido un precario orden, mientras un Gobierno provisional, encabezado por Boniface Alexandre, ha detentado el poder, al menos nominalmente. En medio de esta situación se organizaron las elecciones.

Préval tiene la desventaja de su cercanía a Aristide y podría enfrentar presiones de muchos partidarios para que autorice su regreso, lo cual atizaría fatalmente, de nuevo, los odios y enfrentamientos. Tiene en su haber, sin embargo, que durante su anterior presidencia constitucional (1996-2000), a pesar de esa proximidad con el exmandatario, mantuvo relativa calma en el país, logró cierta mejora económica, tomó medidas para fortalecer a los gobiernos locales y mantuvo razonables relaciones con el Parlamento. Además, ha proclamado reiteradamente su distanciamiento con Aristide. Si Préval se inspira en lo mejor de su pasado, si logra mantener el orden (la fuerza de "estabilización" se mantendrá, por lo menos, hasta agosto), y si la comunidad internacional responde con una ayuda masiva, además de bien dirigida y supervisada, que permita dotar al país de condiciones mínimas para crecimiento y la estabilidad, se abrirían algunas ventanas de fundadas esperanzas.

Sin embargo, el descalabro generalizado del país, de sus recursos naturales, de sus instituciones y de su entramado social básico es tal, y la miopía de sus sectores dirigentes, tan crónica que cualquier pronóstico debe ser muy reservado. Pero esta vez, al menos, el cambio ha sido para bien.

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