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A gritos: ¡autoridad! Juan Fernando Cordero jfcordero@nacion.com Mientras el Tribunal Supremo de Elecciones (que merece toda la confianza y respeto de la ciudadanía) continúa el recuento manual de votos, bajo la mirada inquisitoria de los autoproclamados defensores de la fe y el sufragio, el país procura volver a la normalidad. Y la mejor prueba de ello es que la gasolina subió otra vez, cientos de estudiantes de escasos recursos volverán a quedarse sin beca y decenas de pacientes de la Caja no solo deben esperar meses para ser operados, sino que ahora disponen apenas de un tercio o un cuarto de anestesiólogo mientras se hallan en el quirófano. Es la realidad cotidiana de una nación que, encogiéndose de hombros, ha visto desplomarse poco a poco la operación de las instituciones públicas, sucumbir las estructuras de mando, olvidarse de los antiguos valores de probidad y trabajo duro, burlarse de la rendición de cuentas y caer en el más estéril de los conformismos en relación con cuanto acontece a nuestro alrededor. Y en esa involución, todos y cada uno de los ciudadanos cargamos una determinada cuota de responsabilidad. El más reciente ejemplo de inacción, ineficiencia e impunidad es la imposibilidad del Estado de tener un adecuado control del peso de los tráilers y camiones para evitar un mayor deterioro de las vías nacionales. El mismo Gobierno detecta las causas, en este caso problemas de diseño de las casetas de control, malas decisiones administrativas, dificultades presupuestarias, atrasos por fallas en el proceso de expropiación de terrenos, falta de vigilancia e inicio de obras sin la autorización requerida, pero ese mismo Gobierno es incapaz de remediar la situación y sancionar a los responsables. ¿Quién y cuándo le va a poner freno a este derrumbe institucional y a la presunción - por demás equivocada- de que la gestión pública es absurda y manirrota por naturaleza? Aunque hacerlo es una obligación compartida de la sociedad, la fuerza impulsora inicial debe provenir del más alto nivel. En vísperas de tener un nuevo presidente, podemos añorar del candidato escogido experiencia, capacidad intelectual, liderazgo, prestigio internacional, inteligencia emocional, patriotismo (no patrioterismo), honorabilidad. Pero lo que realmente pide a gritos el país es autoridad y mano fuerte.
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