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¿Pierde EE. UU. a Latinoamérica? Washington debe entender que Latinoamérica vive una nueva realidad geopolíticaAntonio Barrios Oviedo Según un análisis de Peter Hakim (Foreign Affairs, enero/febrero del 2006), desde hace una década la eficiencia política exterior de Estados Unidos hacia Latinoamérica ha decrecido, y ha dado paso a la influencia de China y al creciente poder de Hugo Chávez. Latinoamérica quiere lazos comerciales más sólidos y justos con Washington, pero se siente desplazada por el papel de EE. UU. en el resto del mundo. El 11-S diseña un nuevo enfoque para la política exterior de la administración Bush: Afganistán, Iraq, Irán y Corea del Norte; esto deteriora aún más las relaciones entre los EE. UU. y Latinoamérica. Para Hakim, Latinoamérica tiene cierta responsabilidad porque, pese a la adopción y consolidación de sus sistemas democráticos, en solo 10 años una docena de presidentes han tenido que renunciar por escándalos de corrupción y actividades conexas. Otros tantos se han vuelto populistas y sus discursos contra EE. UU. han profundizado el problema. Esta brecha política ha dejado pérdidas para ambos lados. En momentos que la agenda internacional de la administración Bush sufre el mayor descrédito es cuando necesita socios y aliados en la región. Hakim considera que ciertos temas, como las reservas de petróleo y gas natural en las naciones andinas más las actividades ilícitas como la droga, lavado de dinero, la mafia organizada y las violentas bandas, son temas que atañen a todos en el continente americano y requieren urgente solución. La entrada de China. Muchos países latinoamericanos ven en China a un socio inevitable, así como una alternativa económica y política a la hegemonía de EE. UU., mientras en la Casa Blanca los más fieros defensores de la Doctrina Monroe lo tienen como el más serio desafío desde la caída de la Unión Soviética. Pero China tiene su reto político: de los 26 países que reconocen a Taiwán, 12 están en Latinoamérica y el Caribe, por lo que se ha propuesto reducir el número mediante una diplomacia intensiva y pragmática, aumentando el comercio, la ayuda e inversión y parte de su nueva fuente de materias primas y alimentos. Pero Latinoamérica no deja de preocuparse por los bajos costos de la manufactura china, que podrían desplazar la nacional, disminuir las ventas, ganancias e inversiones en los mercados nacionales e internacionales. Roger Noriega, exsubsecretario de Estado para Asuntos Hemisféricos, dijo que "si Pekín y Washington llegan a diferir en algo, sería solamente sobre temas como Taiwán, el desarrollo nuclear coreano, y sus continuas disputas comerciales y económicas". Las reiteradas protestas contra EE. UU. en Latinoamérica no son signo de mejoría ya que se resienten por el agresivo unilateralismo de la administración Bush, en perjuicio de las instituciones internacionales. Latinoamérica, aun con las devastadoras acciones militares unilaterales de EE. UU. en la región, vio, sorprendida, el entusiasmo de Washington por el efímero golpe (2002) contra Chávez, libremente electo, y la presión de Wash- ington para que renunciara el presidente haitiano Jean-Bertrand Aristide (2004). Esto deja serias dudas respecto a la sinceridad del empeño democrático de EE. UU. Asedio de Washington. Por otro lado, las políticas migratorias de la administración Bush hacia México, Centroamérica y el Caribe -que ven en la migración una solución transitoria al desempleo de sus países y una ventaja por la gran demanda de trabajadores- comprometen las remesas familiares, base de las economías de la zona. La administración Bush solo considera como amenazas a sus intereses vitales la creciente influencia de Chávez y su Petrocaribe (petróleo subsidiado a los estados del Caribe) y Telesur (en competencia con BBC y CNN en español), la presencia china en expansión, el resurgimiento de Ortega y el triunfo de Evo Morales. Mientras Washing-ton siga viendo a Latinoamérica como una región periférica a sus intereses centrales, no hay razones para creer que un cambio sustancial en su política exterior haga que pueda creer de nuevo, al menos en la presente administración estadounidense. Latinoamérica está viviendo una nueva realidad geopolítica. Eso tiene que entenderlo Washington como parte del precio a pagar por su alejamiento. Pero Latinoamérica también debe entender que profundizar la integración regional, la cooperación económica y la estabilidad política solo puede traer beneficios para todos los países del hemisferio, como ha ocurrido en Europa.
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