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Libertades, derechos y deberes El derecho a tener una mascota asesina se acaba cuando esta ataca a un niño inocenteJimena Ugarte de Stagno La libertad es el bien más sagrado de una sociedad. Los hombres libres florecen espiritualmente y prosperan en sus proyectos de vida. La libertad nos permite elegir con respeto, sin temor ni imposiciones, a nuestros gobernantes, a comerciar con reglas claras y justas, a formar una familia decente y digna, entre muchas otras cosas. La libertad se acaba, sin embargo, cuando no la merecemos, cuando invadimos o truncamos la libertad de otros. El derecho a tener una mascota asesina se acaba cuando esta ataca a un niño inocente, que transitaba libremente por una calle nacional, lo que es su derecho. El deber del dueño de esta bestia es sufragar los gastos ocasionados al Estado en el intento necesario y justificado de salvar la vida del niño (traslado de ambulancias, helicópteros, enfermeros, médicos, anestesias, medicinas, quirófanos, por citar solo algunos gastos) y no trasladarlo a nosotros los contribuyentes. Un conductor es libre de transitar por las rutas nacionales, pero si, por descuido o ebriedad, daña una valla, un puente, una señal de "alto", una caseta de peaje o atropella a alguien, debe responder por los gastos en que debe incurrir el Estado para reparar los daños o para atender a la persona. Miedo a pagar. La libertad nos permite, al menos, pasar la factura, pues el daño ya no se puede evitar. Mientras las conductas irresponsables queden impunes, y no sacudan el bolsillo de los ciudadanos, seguirán ocurriendo. Otras sociedades no son mejores o más buenas, simplemente se les pasa la factura al incumplir con sus deberes y aprenden a hacerse responsables de sus actos y decisiones porque, además, las compañías de seguros los castigan. El temor a pagar hace que los individuos modifiquen su comportamiento, más que razones morales o éticas (como ejemplo, Singapur). Lamento de verdad lo ocurrido al pequeño de Limón, y sufro al pensar que esto se puede repetir. Nuestro deber es evitarlo, no lamentarlo. Quiero mantener la libertad de soñar que mis nietos podrán seguir jugando o caminando libremente por las calles y barrios de este hermoso país, sin la amenaza de un potencial asesino al acecho.
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