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Columna

En Vela


Julio Rodríguez
envela@nacion.com


Este proceso electoral, a diferencia de los habidos en nuestro país en los últimos 50 años, presenta un tumor, que arranca de la reunión de un grupo de sindicalistas, políticos, profesionales, intelectuales y otras yerbas en el teatro Melico Salazar, en abril del año pasado: el plan, ejecutado, fielmente, hasta hoy, para "sembrar dudas" sobre la pulcritud de las elecciones y con ella sobre la capacidad del TSE, así como sobre la legitimidad del próximo gobierno.

En materia de limpieza electoral no hay pecados veniales. Casi todo es pecado mortal. Las elecciones, en un país democrático, poseen tal peso moral y jurídico, como expresión de la libertad de los ciudadanos, que el fraude, y aun su intento, adquiere proporciones monstruosas por cuanto lleva en su seno el poder de la violencia, de la injusticia, de la anarquía y hasta de la guerra. Nuestro derecho electoral actual, transparente y ejemplar, proviene, precisamente, de una guerra civil que algunos, en estos días, han evocado no para respetar el derecho, sino para "sembrar dudas" y deslegitimar.

La palabra es frágil, como un átomo, pero posee una potencia inimaginable, sola o agrupada, de fisión y fusión, de creación y destrucción. También hay silencios con igual poder. Por consiguiente, cuando, sin prueba alguna, se habla de chanchullos, de fraudes, de bazucazos constitucionales, de chorreos o cuando, con otros vocablos, "se siembra la duda", las consecuencias, en la majestad de un proceso electoral, son graves y pueden ser catastróficas. Quienes, en estos meses, se han presentado como vestales de la moral, deberían entender que la "siembra de dudas", sin razón alguna, no es moral.

Obviamente, una cosa es la duda, lo contrario de la certeza, como gran desafío del pensamiento (dudar es pensar), en la búsqueda dramática de la verdad, momento provisional para Descartes o epílogo para los escépticos, y otra, totalmente diferente, "sembrar la duda" no para impulsar el pensamiento, sino para anularlo y conducir a la gente al terreno minado de la desconfianza, de la emotividad, quizá del odio, antesala de la violencia. ¿No es acaso el arte de "sembrar la duda" una de las grandes armas de los dictadores?

Detengamos esta "siembra" que, además, tiene un fin perverso: que el próximo gobierno no pueda gobernar y el parlamento -la casa de la palabra- no pueda funcionar. El mal, desgraciadamente, tiene una lógica propia. Su comprensión, sin embargo, nos enseña quién, vista su reacción ante la derrota, hoy, tendrá mañana grandeza de espíritu para gobernar.

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