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Observaciones a la luz de las hogueras

Es inútil tratar de explicar racionalmente el comportamiento de las turbas fanáticas

Carlos Alberto Montaner


Primera observación. Hay llamas. El espectáculo es cada vez más frecuente. En una docena de ciudades europeas y del Medio Oriente los fundamentalistas islámicos han salido de nuevo a las calles. Gritan, atacan a los viandantes, queman edificios, autos y banderas. La excusa de estos días son doce caricaturas publicadas en un oscuro diario danés. Mañana será cualquier otra anécdota ridícula. Es inútil tratar de explicar racionalmente el comportamiento de las turbas fanáticas. ¿Qué lógica existía en los pogromos de los camisas pardas nazis? Pura barbarie manipulada desde alguna zona del poder.

Mi primera sorpresa viene por la otra punta del conflicto. Trato de explicarme la serena actitud de la comunidad islámica en USA. Magnífico. Entre los cinco millones de personas de esa religión que existen en el país apenas ha habido manifestaciones de violencia. Parece que entre ellos no abundan los fanáticos enloquecidos por el odio. ¿Por qué? Es posible que la clave esté en una característica de la cultura norteamericana que acaso ha teñido las actitudes de las comunidades mahometanas estadounidenses: han aprendido a convivir con aquello que detestan. Esa es la esencia de la tolerancia. A los cristianos o a los judíos norteamericanos también suelen herirles los ataques mordaces a sus creencias religiosas, o los chistes étnicos de mal gusto, pero tragan en seco o protestan pacíficamente: ese es el precio que se paga por vivir en una sociedad libre.

Armonía y tolerancia. ¿De dónde surge ese envidiable espíritu de tolerancia? Tal vez de un episodio que estremeció a la nación casi desde sus inicios: la incorporación de la Primera Enmienda a la Constitución y la permanente batalla por preservar su vigencia. Esa lucha constante por mantener separados al Estado y a las religiones, y por evitar cualquier forma de control público sobre la emisión del pensamiento o sobre la facultad de reunirse para propósitos lícitos, acabó por forjar una sociedad en la que caben todas las posturas porque ninguna creencia o dogma es oficial. A nadie se le reconoce la posesión de una verdad absoluta. Todos tienen y defienden opiniones discutibles. Solo así se entiende que trescientos millones de personas fragmentadas en miles de grupos diferentes, muchas veces antagónicos, consigan vivir dentro de una razonable armonía.

Segunda observación. A los fanáticos violentos no es posible convencerlos. Hay que vencerlos. Frente a un energúmeno dispuesto a matar para vengar un supuesto agravio moral como el de las inocentes caricaturas danesas, solo es posible atarlo, sedarlo, juzgarlo y condenarlo a una pena grave. Cada vez que un político comparece ante la opinión pública y trata de apaciguar a los amotinados con explicaciones comprensivas, lo que logra es estimular más desórdenes. Si las leyes no son suficientemente punitivas, el camino es obvio: hay que endurecerlas. El KKK norteamericano, que llegó a contar con cuatro millones de miembros, solo comenzó a reducir su tamaño y virulencia cuando el Estado norteamericano lo aplastó bajo el peso de la ley.

Tercera observación. Se puede expresar con una fórmula matemática: la peligrosidad de los fanáticos está en función directa de la capacidad de destrucción que poseen multiplicada exponencialmente por la intensidad de la pasión que los domina. Cuando Hitler se aprovisionó de suficientes blindados, se lanzó a la conquista de Europa y al exterminio de los judíos impulsado por su odio infinito.

Irán, seguro y protegido. Los fanáticos, además, suelen estar dispuestos a morir por la causa en la que creen. Como advertía Churchill en la pasada década de los treinta, no basta con amenazar al fanático armado. Hay que desarmarlo o derrotarlo antes de que actúe. Esto viene a cuento de la conducta de Irán. Ese gobierno no está intentando construir armas atómicas para defenderse. Nadie lo estaba amenazando. Por el contrario: la invasión norteamericana a Iraq le quitó de en medio a un viejo enemigo que le había matado a cientos de miles de soldados y acabó instalando en el poder a un equipo de correligionarios chiitas. Nunca en las últimas décadas Irán había estado más seguro y protegido.

Ahmadineyad, presidente de Irán, se está preparando para ir a la guerra. Desprecia profundamente al impuro mundo occidental. Está dispuesto a borrar del mapa a Israel, como afirmó recientemente, y le tiene sin cuidado el costo que esa aventura con-lleve. Un buen fanático jamás pondera las consecuencias de sus actos. No le importa si medio Irán termina calcinado. Admira hasta el éxtasis a los terroristas suicidas que se atan un cinturón de explosivos y se sacrifican en medio de una carnicería de judíos. Él va a hacer lo mismo, solo que, si lo dejan, llevará un cinturón cargado de bombas atómicas.

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