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¡Señor, la gorrita...! Juan Fernando Cordero jfcordero@nacion.com En fiel acatamiento de lo que han pedido los dos candidatos presidenciales que se disputan en este momento el triunfo en las recientes elecciones, en el sentido de que hay que esperar y no especular, tener cautela y hasta orar (aunque no entiendo qué tiene que ver Dios en este tipo de lides), opté por abordar hoy un tema menos comprometedor: la vigilancia en los bancos y otras instituciones. Esto, a raíz del robo de ¢109 millones a una empresa transportadora de valores, en Ciudad Quesada, el pasado domingo, por una banda que, en lugar de ir a votar, decidió apropiarse de lo ajeno con todas las facilidades: no había vigilancia y hasta tenían la llave de la puerta principal. Solo faltó que la misma firma transportadora les llevara el dinero a la casa. También hemos tenido casos de construcción de túneles y otras nuevas técnicas a que está recurriendo el hampa criolla. ¿Y qué hacen los cuerpos de seguridad al menos de los bancos estatales? Primero, fijarse si usted va a entrar con gorra y pedirle que se la quite, para evitar -posiblemente- que alguien esconda ahí una AK-47 (¿cómo hará monseñor Hugo Barrantes con el solideo si tiene que ir a cambiar un cheque?). Segundo, pedirle que se quite los anteojos oscuros si los lleva puestos. No importa sin usted es hipersensible a la luz, tiene conjuntivitis o anda rajando con unos lentes Bvlgari. Tercero, le pasan un detector de metales sinuosamente por el cuerpo, sin preocuparse si el cliente lleva en la bolsa de atrás del pantalón un explosivo plástico o un poco de ántrax. Cuarto, donde las hay, lo meten a uno en una especie de cabina telefónica, me imagino que para medir niveles de agresividad o de frustración al saber la clase de fila que le espera. A las tales cabinas se puede ingresar en pareja al salir del banco pero no al entrar, quizás porque ya en ese momento no importa saber cuál de las dos personas es la que porta la ametralladora. Lo curioso es que en los bancos privados no se andan con tantos remilgos, y, hasta donde sé, estadísticamente son blanco de menos atracos. ¿Es que hay poca plata ahí o es que a nadie le prestan la llave por adelantado? Sentido común parece ser la clave. Pero, o no lo hay en abundancia o está muy guardado en las bóvedas de seguridad, las cuales, como se sabe, son de apertura retardada.
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