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La lección del pueblo Estamos ante una oportunidad decisiva para hacer mejor a la Costa Rica del siglo XXIRoberto Cuéllar M. Director Ejecutivo Está comprobado que en Costa Rica no hay lugar a la violencia en las elecciones ni cabida al fraude electoral. Su árbitro y juez, el Tribunal Supremo Electoral, funciona bien y es de las entidades más respetadas en la Unión Interamericana de Organismos Electorales. En este país, sede de la Corte Interamericana y del Instituto Interamericano de Derechos Humanos (IIDH), nadie tiene miedo de ir a votar ni temor a represalias por simpatizar con su voto entre las catorce opciones partidarias en la papeleta presidencial y en la boleta para elegir al parlamento el 5 de febrero de 2006. Cuando nos preguntan por Costa Rica en otros países de América y entre algunos que todavía sufren esos miedos y padecen esas deficiencias de organización electoral, siempre les aseguramos que los votos se cuentan bien y que al día siguiente la sociedad costarricense está en paz y quienes se enfrentaron durante la justa electoral mantienen la calma. Esa valiosa y tradicionalmente grata apreciación se tiene de la Costa Rica de hoy en medio del calendario de elecciones más numeroso que se ha programado en el hemisferio americano desde que se creó CAPEL, el centro electoral del IIDH, hace más de 20 años. Hoy se trata de una elección clave, pero perceptiblemente poco atractiva al electorado costarricense, que tiene un alto significado para el futuro de Costa Rica, pero que no generó mayor entusiasmo entre la sociedad. Las elecciones entre 14 competidores son un multiforme cuadro partidario que se debe, en buena parte, a las disidencias y divisiones dentro de los otrora dos partidos tradicionales que se han desmembrado. Las elecciones presidenciales y de diputados llegan precedidas de una campaña relativamente respetuosa, pero que no ha conseguido evitar la relativa apatía de la juventud. Y es que en este período electoral que termina este 5 de febrero, no se ha recuperado lo que también hacía más singular a la democracia de Costa Rica: la campaña boca a boca en cabildos populares que fomentaron la libertad de ideas y la crítica abierta en las áreas rurales; se ha ido limitando el acercamiento humano y la generación de una red de confianza y de solidaridad que hicieron envidiables a los otrora partidos tradicionales; se gasta mucho dinero, pero no se logra la campaña a flor de tierra de antes, que tenía en cuenta las demandas más sencillas del pueblo tico. Mezcla de sentimientos. Los pronósticos varían según las encuestas y las diversas opiniones, pero bien puede creerse que será una votación por inercia cuya más fuerte intención es votar con la corriente. Hay varias razones sociales de peso, pero eso no se dice ni aparece en las encuestas. Por otra parte, los sondeos apuntan a la conquista del voto de la población "indecisa" que es casi mayoritario, aunado al ausentismo que afecta los niveles de participación en el padrón o que, eventualmente puede llevar a la relativamente distante segunda vuelta, si el tercero resulta entrar a la competencia con más votos. En esta jornada electoral se mezclarán entonces varios sentimientos: muy positivos algunos, como la confianza en la institucionalidad electoral y el arraigo del sentir democrático; negativos otros, como el cansancio con las caducas formas de hacer política; desconfianza ante las nuevas expresiones que no terminan de aparecer; rechazo extendido a la corrupción; y, ante todo, una silente protesta del paciente pueblo costarricense ante la mermada calidad de los actores políticos en el escenario de su democracia. Este conjunto de hechos y de comportamientos electorales ya no sorprenden porque revela, en primer lugar, la superación de la cultura corporativista y clientelar que campea al estilo de la mayoría de partidos de la región latinoamericana. Y, en segundo lugar, la expresión que entre la ciudadanía tica se percibe como una corriente silenciosa de neutralidad activa cada vez más fuerte entre grupos juveniles, en la sociedad media y profesional y en los movimientos sociales. Las reflexiones dichas dejan en evidencia los cambios sociológicos importantísimos que se vienen dando en la sociedad costarricense que, nos guste o no, son parecidos a los fenómenos que se han generado como novedades concretas y protagonismos emergentes en las realidades sociales de otros países del centro y especialmente en el sur de América. Lo más fácil y cómodo es culpar a los medios y a la prensa, y ahora a la iglesia, a raíz de sus recientes declaraciones, de este desvanecimiento social, pero los partidos debe repensar la tarea electoral y hacer bien su campaña con la ciudadanía. Sin dar énfasis al trabajo comunal entre elecciones; sin transmitir ideas fuerza claramente dichas y llegar con la moral en alto a la población; sin conocer mejor las demandas populares durante los cuatro años de ejercicio del poder; sin moverse diariamente entre las aspiraciones y necesidades populares de hoy; sin hacerse de un prontuario político y de un efectivo compendio social para los retos de este siglo XXI, es impensable que los partidos puedan crear corrientes fluidas y participativas de voto y de opinión mayoritaria. Costa Rica ha sido muy fuerte democráticamente no solo por practicar la justicia en sus municipios y en sus cantones más remotos y por predicar la paz entre los pueblos, y defender los derechos humanos en cualquier foro mundial. Costa Rica ha sido una de las sociedades latinoamericanas que ha tenido muy en cuenta los derechos más elementales de su pueblo para sostener aún la democracia de hoy. Los partidos y movimientos sociales podrán leer con cuidado la lección que les dé el pueblo costarricense - quizá la del 5 de febrero es una de las últimas oportunidades que tienen - y apoyarse en esa tradición democrática y cultura de la solidaridad de ayer para hacer mejor a la Costa Rica del siglo XXI. Instituto Interamericano de Derechos Humanos
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