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Tiempo de mujeres Alejandro Urbina aurbina@nacion.com Director El jueves pasado se calentaron estas, hasta entonces, pasmadas elecciones. En buena hora. Quizá el cambio en el interés que se siente se traduzca en una mayor asistencia a las urnas. Ojalá. Cuantos más votemos hoy, mejor. En cierto modo, la cantidad de votantes en una elección mide el estado de salud de la democracia. Pero la asistencia no define ni la legitimidad del presidente electo ni su capacidad para gobernar. En los últimos cincuenta años, la asistencia a las urnas ha fluctuado sustancialmente. Tanto el porcentaje de los votos válidos recibido por el ganador, como el porcentaje de los votantes del padrón que lo apoyó, también ha oscilado sin afectar, a favor o en contra, la efectividad del gobierno. En 1982, resultó electo don Luis Alberto Monge con el mayor porcentaje de votos del padrón de la historia reciente. El 45,1% de los votantes inscritos le dieron su apoyo. En 1958, solo el 29% de los electores inscritos votaron por don Mario Echandi. Ni la efectividad del gobierno de don Luis Alberto ni la del don Mario dependió del grado de apoyo recibido en las urnas. En las últimas trece elecciones, siete gobernantes resultaron electos por menos del 40% del padrón y seis con más, sin que los de un grupo necesariamente hayan gobernado mejor o peor que los del otro. Los constituyentes definieron que, para resultar electo un candidato, requiere al menos el 40% de los votos válidos. No especifica requisito alguno sobre la totalidad de electores inscritos. Aquellas personas que, teniendo derecho, deciden no votar, simplemente transfieren su derecho de elegir gobernante a quienes sí votamos. Esta transferencia del derecho de votar ocurre también, por ley, entre la población menor de 18 años y los extranjeros residentes en el país hacia los electores inscritos en el padrón. El padrón electoral, como porcentaje de la población, también ha variado considerablemente en el último medio siglo. En 1953 el padrón constituía el 28% de la población, hoy representa el 58%, treinta puntos más. El padrón como porcentaje de la población creció en 1974 cuando se redujo la edad mínima para votar de 21 a 18 años. Pero, además, la población costarricense ha envejecido en promedio. Por el ganador de la elección de hoy (o, si se requiriera, el de la segunda ronda) votará alrededor del 17% de los habitantes del país, un porcentaje casi idéntico al promedio de las últimas trece elecciones y bastante superior al 11,7% de don Pepe en 1953. Así funciona nuestra democracia. Como siempre, el éxito del próximo presidente, quienquiera que sea, dependerá de cuán receptivo al sentir nacional sea su gobierno, no solo al de la minoría que lo eligió. Aun así, aunque llueva, votemos.
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