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EDITORIAL

Crisol y vitrina

Los desafíos internos e internacionales requieren gobernantes, legisladores y regidores de la más alta calidad


La elección de presidente de la República, de diputados y regidores, este domingo, se engarza en una larga tradición de paz y espíritu democrático en nuestro país, con luces y sombras, desde el alumbramiento de nuestra independencia, y que, por su pureza y continuidad, se yergue, desde 1949, como una de las más sólidas del mundo. La elección de hoy nos invita a proseguir esta tarea cívica por la libertad. Nuestro régimen electoral, sin mácula desde 1949, nos asegura otro proceso libre y limpio.

Esta elección nos plantea dos compromisos ineludibles: hacia el pasado, la preservación de este patrimonio, como un deber cívico, y, hacia esta y las futuras generaciones, el esfuerzo de selección de quienes consideremos los mejores ciudadanos para gobernar, legislar y regir nuestros municipios. La auditoría ciudadana sobre la calidad de la democracia, elaborada por el proyecto Estado de la nación, nos describió, hace unos años, estas dos vertientes de nuestra democracia, desde la constitución de un régimen republicano, en las primeras décadas de nuestra independencia, pasando por el período de transición democrática, hasta la construcción poliárquica y la solidez democrática de las últimas décadas para concluir con el diagnóstico sobre su desempeño actual. En este itinerario tenemos que abrevar para mejorar y ser dignos de la visión y esfuerzo de nuestros antepasados.

Fotos/Infos:

  • El mundo de Kandler
  • El voto de hoy afianza esa tradición y, a la vez, nos coloca ante un duro desafío. Nuestra estabilidad democrática, que logró esquivar las horas convulsas del entorno nacional y centroamericano, en la década de los ochenta, está amenazada no solo desde el exterior, sino, principalmente, desde la propia conducción interna del Estado y de la política. El país está estancado y la desafección política ha comenzado a minar el sistema. Nuestra democracia sigue airosa, ante las miradas y los exámenes internacionales, mas ha comenzado a mostrar preocupantes fisuras. Su talón de Aquiles se encuentra, como expresa el informe citado y los más variados estudios, en el desempeño de las instituciones públicas y de las organizaciones sociales y políticas. El aparato estatal y el sistema político se han distanciado de las demandas y necesidades del pueblo, y, como expresó recientemente el citado informe Estado de la nación, el país, agotada la herencia, ha comenzado a comerse el futuro.

    En este proceso electoral, afloraron múltiples soluciones desde los gabinetes de los partidos y de la sociedad civil. Hay un clamor nacional de eficacia y de calidad democrática, expresada en hechos contantes y sonantes. Corresponde a los elegidos satisfacer esta demanda histórica. De aquí la trascendencia de esta votación. La calidad del próximo gobierno, de la Asamblea Legislativa y de los municipios, cuya incompetencia ha colmado toda medida, dependerá del acto de reflexión y de la responsabilidad de cada votante, guiado por el bien común. Así de simple es la democracia que, en esta ocasión, debe dar cuenta, mediante el escogimiento de los mejores, de la solución de enormes problemas sociales, económicos y políticos, tras cuatro años de estancamiento e incertidumbre, y tener en cuenta que la próxima administración, cerrado el capítulo de 1948 al 2006, será el puente que lleve al país a una nueva etapa política, a partir del 2010. Desde este punto de vista, el acierto cabal constituye un imperativo histórico. Esta vez, nuestros gobernantes, legisladores y regidores, en una América incierta y en un mundo convulso, en todos los órdenes, no deben fracasar. Por el contrario, nuestro país debe volver a ser, por sus valores y sus obras, espejo y vitrina de la democracia, de la libertad y de la solidaridad.

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