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Las nuevas prioridades de Bush El presidente George W. Bush pronunció ante el Congreso estadounidense, el martes, el discurso "Estado de la Unión", que, además de reiterar los grandes principios que orientan su política exterior, tuvo un énfasis marcadamente nacional y una perspectiva más conciliadora, contenida e, incluso, modesta que sus cuatro informes de años precedentes. Esa orientación no solo revela un mandatario debilitado por una serie de problemas y escándalos recientes, preocupado por el desempeño de su Partido Republicano en las próximas elecciones de medio período (en noviembre) y limitado por un creciente déficit fiscal. También es muestra de una percepción más acertada sobre grandes desafíos que enfrenta su país, derivados, en gran medida, de cambios y retos globales, y refleja, además, un esfuerzo por reforzar las relaciones con los aliados, tradicionales y nuevos, de Estados Unidos. La vulnerable posición de Bush, ciertamente, dista mucho de la gran fortaleza y "capital" político de que hizo gala el pasado año, tras su sólida reelección. En ese momento, el respaldo a su gestión llegaba al 57%, la mayoría republicana en ambas cámaras del Congreso allanaba el camino legislativo, la intervención en Iraq contaba con gran apoyo y las posibilidades (o creencias) sobre una mejor situación fiscal otorgaban base para nuevas iniciativas. Ahora, sin embargo, su popularidad apenas supera el 40%; hay creciente disconformidad con su política hacia Iraq; los escándalos sobre financiamiento político golpean fuertemente y han desarticulado el liderazgo de su partido; el dislocado desempeño gubernamental ante el huracán Katrina golpeó su imagen de eficacia; las finanzas públicas no marchan bien, y ha aumentado la inquietud por la competencia económica internacional. Si, ante todo lo anterior, Bush hubiera mantenido sus posiciones de antes, o se hubiera inclinado por posturas populistas, habría motivos de gran inquietud. Pero el hecho de que, más bien, modificara y atemperara posiciones y planteara algunas buenas iniciativas, es motivo de tranquilidad y reflejo de cómo la democracia desarrolla sus propios correctivos. Es lógico que defendiera, como lo hizo, su política exterior, y que reiterara el respaldo tradicional de su país a la democracia, algo siempre bienvenido. Pero lo hizo de una forma congruente con las posiciones de los aliados y actores más responsables de la comunidad internacional, especialmente frente a la política nuclear de Irán y al triunfante movimiento palestino Hamás. En política interna, tendió la rama de olivo al Partido Demócrata, tanto al decir que las diferencias "no deben endurecerse hasta la ira", como al proponer una comisión bipartidista para proponer reformas a los sistemas de pensiones y los programas de asistencia en salud. Es este un problema de profundas raíces, vinculado al envejecimiento de la población, pero que, hasta ahora, no ha tenido respuesta política. Los otros dos grandes temas estructurales que abordó en su discurso fueron el energético -en especial lo que calificó como la "adicción" estadounidense al petróleo- y el de la competitividad frente al desafío de países emergentes como China e India. Sus propuestas de incrementar la investigación en fuentes alternativas de energía y de mejorar el entrenamiento de los maestros y la educación secundaria, como formas de fortalecer la capacidad competitiva, son muy acertadas, aunque puedan hacerse observaciones o críticas sobre detalles. El rechazo de Bush al aislacionismo o el proteccionismo económico son de particular importancia para países como el nuestro, que tienen en Estados Unidos su principal mercado. Hubo otros temas en su presentación; todos, sin embargo, siguieron la mayor mesura, realismo y actitud conciliadora mencionados. Por esto, su "Estado de la Unión", aparte de las intenciones electorales, podría contribuir, más que los anteriores, a un mejor clima político y social en Estados Unidos y, si las iniciativas que propuso tienen éxito, a afrontar adecuadamente desafíos de gran calado. Es algo, creemos, muy positivo.
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