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Sub/Versiones Leonardo Garnier garnier@amnet.co.cr A tres días de las elecciones, la mayoría parece decidida, pero algunos aún se preguntan: ¿por quién votar?, ¿vale la pena votar? Aunque personalmente participo desde hace años en Liberación Nacional y así votaré (en las tres), no pienso facilitar a nadie la primera respuesta: esa es una decisión muy personal que cada cual debe tomar de acuerdo a sus propios criterios. Pero sí quiero cuestionar a quienes, ante la desilusión y la desesperanza que pueden sentir con la política, todavía están dudando de si vale la pena votar. Es una desazón entendible, pero es absurdo afrontarla renunciando o anulando el voto: esa apatía de dejar que otros decidan por nosotros es la que abre el camino a los liderazgos más irresponsables. Es cierto que nuestra política no ha dado los resultados que esperábamos ni ha cumplido con muchas promesas reiteradas; peor aún, ha generado niveles de desidia, corrupción y cinismo deprimentes. Costa Rica no está bien. Tanto no lo está, que no hay una, sino varias Costa Rica que se distancian: una a la que le va muy bien y hasta le sobra; otra que apenas se defiende, y otra a cuyas familias no les alcanza ni para una vida apenas decente. Pero, así como es importante reconocer estas fracturas, hay que valorar los logros y entender que el país tampoco está tan mal como a veces creemos o nos hacen creer. Superamos mejor que muchos una de las mayores crisis que recordamos. Nos estabilizamos y, aunque frágilmente, el país tiene más de veinte años de crecer, de transformar poco a poco sus actividades productivas, de integrarse al mundo y aumentar -no lo suficiente- las fuentes de trabajo. Frente a grandes presiones, sostuvimos una política social que, con todo y sus defectos, sigue siendo universal y permite que los costarricenses tengamos una esperanza de vida que supera incluso la de varios países desarrollados. La pobreza, siempre ofensiva, es mucho menor que la de hace veinte años. Esos logros no deben consolarnos: son frágiles y han sido incapaces de frenar una desigualdad creciente; pero sería absurdo no verlos: tan absurdo como creer que no marca diferencia quién gane las elecciones, porque, créanme..., ¡la marca! Por esto, porque queremos un país integrado por las oportunidades, hay que votar por los partidos, equipos y personas que nos parezcan política, técnica y moralmente más calificados -o, si es del caso, por los que nos parezcan menos peores-. Evaluemos bien, votemos y démosles los instrumentos necesarios para gobernar pues el país no puede seguir a la deriva. Pero no basta votar. Si este domingo les delegamos el mando, debemos prepararnos tanto para colaborar en lo que corresponda, como para exigirles que rindan cuentas todo el tiempo, un deber ciudadano al que renunciamos con frecuencia... para quejarnos cuatro años después.
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