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Un derecho y una obligación No dejemos que el dinero o la demagogia impongan un gobierno contrario a nuestros deseosMario Madrigal Don Pablo Funtanet Solsona fue un señor en todo el sentido de la palabra. Culto, inteligente, compresivo y de gran visión, creó empresas en las cuales lo más importante era el ser humano. Había nacido en España, pero Costa Rica fue siempre su verdadera patria, aunque luego partió para México, donde trabajó muchos años como agregado cultural de nuestra embajada. Para mí fue como un tío o un padrino, y fueron muchas las horas que pasé en la infancia en su bella casa donde ahora está el edificio Colón. Para él, el voto era sagrado, y nunca dejaba de venir en febrero a ejercer ese derecho. Solo en una ocasión, estaba muy enfermo y el doctor le prohibió el viaje. Muy triste, se resignó ante lo inevitable, pero el domingo a mediodía le dieron de alta. Entonces contrató un avión y viajó solo. Al llegar al aeropuerto Juan Santamaría lo esperaba un automóvil que lo llevó rápidamente a la escuela a la que llegó faltando diez minutos para las seis de la tarde; ahí, con gran satisfacción, votó por el candidato que le parecía que podría servir más a Costa Rica. Su hijo Pablo mantuvo la misma costumbre, y todos los febreros venía de México y votábamos juntos. Luego, en la noche, veíamos los resultados electorales en mi casa. A través de tanto tiempo, nunca, por más ocupado que estuviera, falló a esta cita. Solo la muerte le impedirá cumplir con su propósito este año. Cuento estas historias porque, ante la aparente apatía que se siente en el ambiente electoral, pienso que si cada ciudadano meditara un poco, analizara lo que significa el voto, no dejaría nunca de ejercer ese derecho. En el mundo convulsionado de hoy, son muchos los lugares en los cuales los habitantes no pueden hacerlo. Todavía quedan muchos gobiernos que no representan el sentir y el deseo de los ciudadanos. No debemos pensar nunca que, para cambiar estas situaciones, haya necesidad de tomar las armas o efectuar actos de terrorismo. La mejor arma se ejerce en las urnas electorales. Votar no solo es un derecho, sino una obligación. Ejerzámosla y no permitamos que el azar, el dinero, o la demagogia impongan un gobierno contrario a nuestros deseos.
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