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La moderna felicidad

Es relativamente nueva la idea de que en la Tierra se puede ser feliz sin que ello sea ilícito

Thelmo Vargas


La interesantísima novela El nombre de la rosa (1980), del italiano Umberto Eco, pudo haberse llamado El nombre de la risa pues en lo fundamental trata de crímenes cometidos allá por el año mil trescientos y tantos por Jorge, un monje benedictino ciego, enemigo de la risa, que hacía lo imposible por prohibir el acceso a un libro, disponible en la biblioteca de su monasterio, que la exaltaba.

"Los paganos escribían comedias para hacer reír a los espectadores, y hacían mal. Nuestro Señor Jesucristo nunca contó comedias ni fábulas, sino parábolas transparentes que nos enseñan alegóricamente cómo ganarnos el paraíso; amén", decía. "La risa sacude el cuerpo, deforma los rasgos de la cara, hace que el hombre parezca un mono", agregaba.

Si bien fray Jorge era hombre de opiniones que hoy nos parecen risibles (p. ej.: el progreso no existe; no se debe confiar en la razón; las bibliotecas están solo para la preservación del saber y no para la investigación), su pensamiento no era del todo atípico.

Para los griegos, padres de lo que conocemos como "cultura occidental", la felicidad no está en la diversión, sino en la virtud.

Para el Cristianismo, la verdadera felicidad solo se experimenta en el Cielo, no en la vida terrenal.

Durante la Edad Media, el sufrimiento en esta vida se hacía soportable porque se esperaba que él nos podría llevar a una mejor. A fin de cuentas, bienaventurados los que no pierden su espíritu sólo porque son pobres.

Una buena medicina. Pero Guillermo de Baskerville, el monje franciscano héroe de la novela, quien no solo dominaba como el que más la Teología sino que era una especie de James Bond medieval, no pensaba como Jorge y se preguntaba: "Por qué rechazáis tanto la idea de que Jesús pudiera haber reído. Creo que, como los baños, la risa es una buena medicina para curar los humores y otras afecciones del cuerpo, sobre todo la melancolía". Agregaba Guillermo: quizá cuando Jesús invitó a los fariseos a que arrojen la primera piedra o cuando preguntó de quién es la efigie estampada en la moneda con que ha de pagarse el tributo, lo hizo con una ligera sonrisa.

Tampoco hay que desconfiar en la razón pues "Dios quiere que ejerzamos nuestra razón a propósito de muchas cosas sobre las que la escritura nos ha dejado en libertad de decidir". (Este diálogo se encuentra en el relato del segundo día, hora tercia, es decir, a eso de las 9 de la mañana. La vida monástica se iniciaba con la vigiliae, entre las 2:30 y las 3 de la mañana).

Pero el pensamiento de Guillermo no era el modal, y faltaban más de cuatro siglos para que lo fuera. La idea de que en la Tierra se puede vivir feliz sin que ello sea ilícito es relativamente nueva. Es una concepción liberal. Cuando los padres fundadores de los Estados Unidos en 1776 declararon que la "búsqueda de la felicidad" (por ejemplo, reírse ante un chiste sobre el Presidente o el padre Mínor; tomarse un vinito acompañado con pan y queso) constituye un derecho inalienable del hombre y de la mujer, entramos en la época moderna.

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