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Quiebre del voto En la experiencia de todos los países, los gobiernos sin apoyo del Congreso son ineficacesJulián Solano Bentes Politólogo Las 30 naciones pertenecientes a la Organización para el Comercio y el Desarrollo Económico (OCDE) son los únicos países desarrollados de la Tierra; o sea, donde los ciudadanos gozan de la mejor calidad de vida, en lo económico, lo social y lo cultural. El ingreso real per cápita es muy alto y se da abundancia y diversidad de bienes y servicios para las necesidades y disfrute de las mayorías. La medicina preventiva y curativa, así como la seguridad social, el salario por desempleo y los sistemas de pensiones protegen a casi todas las personas desde que nacen hasta que mueren. La pobreza afecta a mínimos sectores de la población y la pobreza extrema se desconoce. La educación de calidad -académica o técnica- es universal. Los niveles de productividad y de ahorro nacional que sustentan todo lo anterior, son enormes. Se vive inmensamente mejor en ellos que en los casi 200 Estados restantes que constituyen el mundo subdesarrollado. Si en lo económico y lo social funcionan bien, significa que en la esfera política también deben hacerlo bien. De lo contrario, no sería posible la ecuación del desarrollo. ¿El secreto? Todas son democracias gobernables. Sus gobiernos, electos libremente por los ciudadanos, pueden tomar decisiones y dar cuenta de ellas. ¿Cómo lo han logrado? Casi todos poseen formatos de "pocos partidos grandes" (generalmente son bipartidistas y a veces, tripartidistas), que logran integrar y articular la representación de la multiplicidad de intereses, sectores, grupos y subculturas que esas sociedades modernas abrigan. Cuando hablamos de grandes partidos, son los que reciben adhesión de al menos el 30% o más de los votantes. Además, son partidos generalmente longevos y con experiencia gubernativa. Ejemplos. Pensemos en los mejores países para vivir: Canadá (dos partidos), Suecia (un partido grande y uno mediano), Dinamarca (dos partidos), Alemania (dos partidos), España (dos partidos), Gran Bretaña (dos partidos), Francia (dos partidos), Portugal (dos partidos), Italia (dos coaliciones permanentes que han superado su caótico multipartidismo anterior), EE. UU. (dos partidos), Finlandia (un partido grande y dos medianos), etc. En cambio, los países donde los ciudadanos sufren pobreza, inseguridad, desempleo, insalubridad, u opresión política, o tienen un partido dominante (Zimbabwe, Laos, Camboya, Cuba, Irán, etc.), o son multipartidistas volátiles (Ecuador, Bolivia, Guatemala, Perú, Haití, etc.). Existen también países en tránsito del multipartidismo al bi o tripartidismo, fenómeno que corre paralelo a su mejor desarrollo y modernización (Brasil, Chile), o, en tránsito del partido dominante a un formato de dos o tres partidos (México, Polonia, Bulgaria, República Checa). El común denominador de todo esto es la búsqueda de gobernabilidad: en los países de un partido dominante esta gobernabilidad se logra -a medias- por la fuerza. En los que son bi o tripartidistas, es mediante el juego democrático, donde es posible tanto la oposición y el control político como también los acuerdos y las negociaciones patrióticas (ver la Alemania actual). En los multipartidistas casi siempre la norma es el entrabamiento político, la polarización ideológica y el atraso social y económico que ello conlleva. Claro, hay casos de multipartidismo que responden más a realidades étnicas, culturales y geográficas y por ende son sistemas necesarios y funcionales (Holanda, Bélgica, Guyana, etc.), aunque son franca minoría respecto al grueso del multipartidismo propiciador de la ingobernabilidad. Necesario apoyo. Hay un hecho claro y contundente en la experiencia de todos los países: los gobiernos sin apoyo del Congreso son ineficaces. Las sociedades más prósperas y democráticas tienen en el sistema político altas dosis de gobernabilidad; es decir, mayorías parlamentarias que sustentan a gobiernos que pueden tomar decisiones y cumplir con el plan de trabajo ofrecido a sus electores. Lo anterior sin menoscabo de la fiscalización democrática. Entonces, debemos preguntarnos racionalmente: ¿Para qué quebrar el voto? ¿Qué ganamos con ello? ¿Aprendimos de lo que sucedió en el "picadillo" de Asamblea Legislativa que tuvimos en estos últimos cuatro años? ¿Fueron los partiditos nuevos quienes descubrieron, denunciaron y controlaron la corrupción, o fueron los medios de comunicación sobre cuyas denuncias e investigación se montaron aquellos? Entonces, amigo lector: usted decide si sacamos o no la "carreta del barrial"; usted decide si "quiebra" el voto, o no.
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