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Al Grano Edgar Espinoza Si tuviésemos la más ínfima idea de lo que en realidad es la vida, de inmediato nos despojaríamos de todas las ataduras y la viviríamos tan intensamente, como ella misma lo exige. Empecemos por situarla dentro de su contexto cósmico para radiografiar mejor su anatomía. Definamos el universo como un pozo de energía natural en constante ebullición; la vida como su flor, o estado de conciencia, y el tiempo como el río que la irriga. Vista así, la vida es un instante dentro de ese tiempo continuo, eterno, que la convierte en su aquí y ahora, sin antes ni después porque lo que fue, fue, sin regreso posible, y lo que está por ser, no es. El acto de ser es un ya único e intransferible. Si hemos de ser algo, somos un tránsito que en cuanto nos permite tener conciencia de que somos, ya no somos. ¿Por qué entonces dilapidar con pasados y futuros ese presente inconmensurable cuya razón de ser es su libre fluir sin nada ni nadie que lo asga? Así como nadie se mete dos veces en el mismo río, tampoco se "baña" dos veces en el mismo presente. ¿Por qué desoír sus latidos que invitan a descubrirlo como la esencia de existir por encima de vanidades, miedos e imposturas? Su devenir es tan fugazmente perpetuo que apenas da tiempo de vivirlo. Y, si además, se lo vive mal, con prisas hacia ninguna parte, obsesionados por la trivialidad, paranoicos de lo perfecto, adictos al tener y encadenados al odio, estaremos más bien muriendo. Por eso, la fórmula es vivir correctamente en función de los valores adquiridos para alcanzar la paz espiritual y su efecto inmediato: la felicidad, la auténtica, esa que se cultiva desde adentro de nosotros y nos permite descubrir que el verdadero sentido de la vida es el amor, único poder capaz de superar a la propia muerte. Por eso, el día en que por encima de creencias, religiones, mitos y supersticiones hayamos superado ese horror ontológico a lo desconocido, que milenariamente nos ha hecho recurrir a todos los dioses imaginables, desde climatológicos, astronómicos, volcánicos y homéricos hasta los de luengas barbas sentados en su trono de nubes, habremos nacido por fin a la vida, esa cuya única y absoluta divinidad es la naturaleza pura y simple, y que solo puede ser vivida a plenitud en función de lo que vemos y tocamos, mas no de lo que suponemos o quisiéramos que fuera ni demás opios sacramentales. Así las cosas, busquemos ese dios en nosotros mismos, hermanémonos en esta soledad infinita y construyamos nuestro propio cielo aquí en el suelo para, entonces sí, poder gritar a todo pulmón: "¡Pura vida!" edgarespinoza@costarricense.cr
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