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Al Grano Édgar Espinoza edgarespinoza@costarricense.cr Todo hace presumir que Óscar Arias ganará esta elección. O mejor dicho, que los demás la perderán. De ocurrir así, solo habrá una razón para ello: hace cuatro años, de entre varios aspirantes nuevos, los electores le apostaron a una conocida figura pública de la televisión, cuyo gobierno tiene hoy, al agonizar, visos de tragedia nacional. Si a esa catástrofe presidencial le sumamos el escándalo de corrupción protagonizado por reconocidos líderes políticos (dos en capilla ardiente y otro en gira permanente), pareciera lógico suponer que esta vez la mayoría se inclinará más por el "viejo conocido" que por el 'nuevo que parece viejo", por el "reviejo reciclado", por el "desconocido confeso", y por el "nuevo que es mejor ni conocer". De ahí que, ahora que tiene la opción de escoger a un expresidente que, pese a sus aires de grandeza, fallas, maripepas, palomas y omisiones le dio prestigio internacional al país durante el primer mandato, lo más probable es que el elector no se la quiera jugar otra vez con aventureros, guapos, dogmáticos o boxeadores de la política, y prefiera votar por aquel. Su imagen de "menos peor" será la credencial que posiblemente lo lleve de nuevo al poder pues, por lo demás, lejos de haber hecho méritos para retornar a tan digno cargo, se comportó muchas veces apático, escurridizo e indiferente cuando, en sus trances difíciles, el país más necesitó de su voz, de sus luces y de su presencia. En otras palabras, se olvidó de Costa Rica. Algo similar pasó con Ottón Solís quien, como oposición, se durmió en los laureles mientras al país se lo llevaba la porra, y así no se vale. ¡Los de la llanura también exigimos fair play! Del PUSC, el otrora segundo partido más grande, todo está dicho al pie de su lápida: "Todo buchón muere pelón", mientras el bueno de Toledito pasará a la historia como su insigne mortaja. Otto Guevara, en cambio, pareciera demasiado metrosexual para Zapote, y Antonio Álvarez, por el contrario, demasiado achayotado. En todo caso, al país lo han dejado tan devastado los propios políticos que reconstruirlo y montarlo sobre una nueva plataforma de despegue es una camisa demasiado grande para todos los candidatos sin excepción pues se trata de un desafío histórico que demanda el concurso desinteresado y por parejo de toda la nación. La diferencia quizá estribe en que, por su fama de testarudo, y hasta de suertudo, Óscar tenga la fórmula para negociar y convencer. Por eso su mayor reto para empezar con el pie derecho no es Zapote, que ya da por descontado, sino Cuesta de Moras. Y ¡qué cuesta!
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