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El carnaval electoral

Podemos optar por un amplio concurso de candidatos, casi todos con buenas credenciales

Rodrigo Madrigal Montealegre


Un veterano de la política tocaba puertas solicitando votos y en dos columnas de una libreta anotaba el nombre y si era su partidario o adversario. Pero cada vez que alguien, furibundo, le respondía que jamás votaría por él, por ser un demagogo, inepto y corrupto, el optimista escribía el nombre del elector y agregaba: "Indeciso".

Hasta hace pocos años, parte de los impuestos que pagamos se despilfarraba en someternos a un intenso lavado cerebral y el resultado era un alegre festival electoral: banderas, bocinas, movilización, entusiasmo y pasiones desbordadas. En estas elecciones, por el contrario, se percibe un ambiente de abulia, fastidio y pesimismo.

Para todo gusto. Podremos optar, sin embargo, por un amplio concurso de candidatos, casi todos profesionales, que esgrimen magníficas credenciales, un exmandatario laureado con el Premio Nobel y cuatro que ostentan un doctorado. Podremos escoger desde la derecha anarcocapitalista, hasta la izquierda alerta ante el abuso y dos partidos mayoritarios de origen liberacionista: el PAC, fiel a la ortodoxia socialdemócrata, y el PLN, de inclinación sociolibrecambista.

Sin embargo, un 50% de los costarricenses se declaran indecisos o se niegan a votar. Siete de cada diez ciudadanos no desean colaborar en las elecciones, lo que coincide con América Latina donde -después de una sobredosis de economía del derrame, aperturas y privatizaciones- apenas un 4% confía en los políticos. ¿Cómo se explica que, en lugar de júbilo y pasión, se percibe una atmósfera apática, lúgubre y funeraria?

Se debe a que, además del voto, se depositarán piadosas coronas al partido por el que doblan las campanas y al que, en capilla ardiente y confortado con los santos sacramentos, pero sin bendición papal, ese día se le concederá socialcristiana sepultura en la tumba que cavó.

Se debe a un olor a catacumba, desde que destaparon los sarcófagos que preservan las momias inspiradoras del modelo neoliberal, tan deshumanizado, caduco y desprestigiado, que tanto abuso e injusticia causó en el mundo durante el siglo XIX y que los Chicago Boys enarbolan como una ideología novedosa y hasta revolucionaria.

El derecho de pernada. Se debe a una pestilente corrupción que, convertida en una patente de corso sin hojas de parra, desprestigia y gangrena el ámbito político, por lo que todos los políticos son considerados entreguistas y venales, aunque prueben lo contrario, al constatar la colosal capacidad de amenaza y soborno de algunas megacorporaciones multinacionales, aunque no están todas las que son, ni son todas las que están.

Se debe a la sensación de que en los tratados importantes, las decisiones medulares suelen tomarlas poderosas y diminutas camarillas y que no siempre son los ciudadanos con óptimas credenciales a los que se les confían las negociaciones. Sobre todo, cuando todos los países son iguales, pero uno es más igual que los demás e impone un diktat de condiciones leoninas, y la única concesión ausente es la del jus primae noctis, o el derecho de pernada del señor feudal.

Se debe a que avergüenza que 100.000 compatriotas sobreviven con $1 al día y que los enemigos del modelo de solidaridad social y del Estado Benefactor han procedido a su demolición sistemática desde hace años, agravando una peligrosa polarización y una lucha de clases que puede arrastrar al país a una confrontación violenta y hasta a una guerra civil.

Se debe a que, a pesar de que todos nos oponemos a que el ICE sea privatizado, la apertura está hábilmente diseñada para quebrarle el espinazo a esa institución benemérita y venerada que ha impulsado con patriotismo la industrialización, la democratización y la modernización del país, para entregarle las telecomunicaciones a quienes solo esgrimen como mérito un voraz afán de lucro.

Se debe a que, sin xenofobia, constatamos que, por querer compartirla generosamente, Costa Rica se nos escapa de las manos y cada día es menos nuestra. Lo anterior puede explicar que, en lugar de un carnaval, disfrutamos un funeral electoral.

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