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Regreso a la montaña y al río Una labor desinteresada que hace bien a nuestro país y a la humanidad en generalMario Madrigal Hace ya muchos años, publiqué, en esta misma página, un artículo sobre un lugar paradisíaco enclavado en la montaña y muy cerca del río Savegre. Conté entonces cómo un joven valiente y trabajador, Efraín Chacón, recién casado, había llegado a esa montaña, desconocida para el resto de la población, y comenzó, sin dinero, sin la menor ayuda -excepto la de su esposa, Caridad-, a crear una finca en esa lejanía. Al principio durmieron bajo los árboles (a menudo oían los tigres que rondaban en las noches), en el duro suelo, hasta que, en una de las raras salidas que hacía Efraín al pueblo más cercano, decidió llevar de sorpresa, a su joven esposa, un colchón de paja. El camino lo hacía en una vieja yegua que conocía la ruta mejor que él. Iba lleno de ilusión, pero, al pasar un árbol de ramas bajas, pegó su cabeza con un panal de avispas, que picaron la yegua. Esta corrió espantada y, en la carrera, unas espinas rompieron el colchón, la paja se fue quedando por el camino, y Caridad solo recibió unos pedazos de tela sin nada dentro. Pero, sin inmutarse ante las dificultades, la joven pareja siguió trabajando y creó primero una finca lechera que después se transformó en un cultivo de frutas, manzanos, melocotones y ciruelas, y más tarde en un centro turístico. También fueron llegando los hijos, 11 en total, casi todos rubios y todos magníficos trabajadores. Cada uno que se casa construye su propia casa, todas rodeadas de bellos jardines y asume una función específica. Recuerdo que, la primera vez que visité ese lugar, Marino, un adolescente muy delgado y tan rubio que parecía que venía de algún país nórdico, nos acompañaba, en las mañanas heladas, a pescar truchas en las aguas transparentes del río. Ahora no solo peina canas, sino que tiene dos hijos que trabajan a su lado, y no me extrañaría que pronto llegaran los nietos. En esa ocasión, mi hija Silvia aprendió ahí a dar sus primeros pasos y luego se soltó y hubo que restringirla para que no se fuera montaña arriba en busca de quetzales. Ahora, ya casada, recuerda esas noches de intenso frío, de escarcha y de innumerables sonidos que bajaban del bosque cuando se apagaba el Sol y se encendía la Luna. Ahora todo es diferente. Ya no se come en la casa de los Chacón, junto a la chimenea y cerca de la cocina, sino que hay un restaurante moderno con amplios ventanales desde donde se pueden ver numerosos colibríes y un lago; pero existe el mismo cálido recibimiento y, sobre todo, el mismo río de aguas transparentes y la misma montaña primaria. Esto ha significado que varias instituciones científicas se acerquen, y la Southern Nazarene University, de Oklahoma, tenga un programa para el estudio de los quetzales que, por cierto, abundan en esta región, sobre todo después de que la familia Chacón inició la propagación de los árboles aguacatillos, cuya fruta es la única que comen esas aves. En un bosque de robles crecen cientos de hongos de todo tamaño y de todos los colores, algunos venenosos, otros comestibles, y varios medicinales. La National Science Foundation, el Museo de Historia Natural de Chicago y el Jardín Botánico de Nueva York han donado los fondos para el estudio de esas plantas talófitas, pero los Chacón proporcionan el hospedaje, el tiempo y el esfuerzo para lograr el objetivo final de hacer avanzar el conocimiento científico. El regreso a la montaña y al río fue muy agradable, y, en las noches de luna que pasé en una cabaña solitaria, rodeada de ruidos nocturnos de tantos animales que, dichosamente, nadie piensa en eliminar, no pude menos que pensar en la previsión de los Chacón de mantener más de 400 hectáreas de bosque primario, de proteger la fauna, sobre todo los quetzales, de cooperar con instituciones universitarias de varios países, sin ánimo de lucro, en una labor que hace bien a nuestro país y, podría agregar, a la humanidad en general.
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