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Choferus horrendus Juan Fernando Cordero jfcordero@nacion.com Durante el año 2005, el Tránsito sorprendió a 9.000 personas que conducían automóvil sin licencia. Por las fiestas de Palmares, las autoridades han hecho 1.000 multas por conducir en estado de ebriedad o preebriedad. En los tradicionales operativos de fin de semana, las cifras de infractores siempre son altas, y las excusas de los responsables, patéticas. ¿Qué hace que los costarricenses exhibamos semejante acto de desprecio hacia las normas y regulaciones para conducir, hacia la vida de los demás y hacia la propia vida cuando nos ponemos detrás del volante? Seguimos manejando temerariamente, saltándonos la luz roja del semáforo, irrespetando las zonas de seguridad, estacionando donde hay demarcación amarilla, hablando por teléfono (taxistas y choferes de bus incluidos), adelantando por la derecha, abusando del pito, intimidando e insultando a las mujeres conductoras. La bestia que llevamos por dentro en el cuerpito de seres pacíficos y alfabetizados -no necesariamente educados-, en el país sin ejército, en la Suiza centroamericana que aún creemos ser, se nos sale en toda su monstruosidad al simple conjuro de la ignición de un motor de cuatro tiempos (y hasta de dos, porque los motociclistas son otra historia igual de tenebrosa). ¿Tenemos aún dolor de los pecados y propósito de enmienda por todos estos atropellos entre nosotros mismos? ¿Podríamos prometer dejar de atentar contra vidas inocentes y de causar daños físicos, morales y materiales en nombre del respeto público a que estamos obligados como personas civilizadas (¿civilizadas, dije?) y de la solidaridad común? Las razones de nuestro comportamiento al manejar darían mucho trabajo a los académicos. Y a ellos corresponde. Pero poner freno a esa cultura del irrespeto y la irresponsabilidad está en manos del Estado, que tiene suficientes herramientas disponibles para ello si la voluntad le alcanza. Para comenzar, y como se ha dicho varias veces, hay que revisar de inmediato los ridículos montos actuales de las multas y valorar otro tipo de castigos, como la cancelación definitiva de la licencia y el establecimiento de sanciones que impliquen trabajo comunal. Muchos países tienen regulaciones eficaces y ejemplarizantes en esta materia, que basta observar y copiar.
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