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En Vela Julio Rodríguez envela@nacion.com Un deber de misericordia -y de racionalidad- obliga a tomar en serio a las personas, aun a aquellas que no pueden tomarse a sí mismas en serio. Esto precisamente por dos razones: porque solo Dios -lo más íntimo de lo más íntimo- sabe lo que pasa por las mentes de las criaturas y porque -la historia es madre- se han producido catástrofes por no tomar en serio a ciertas personas. El presidente Pacheco dijo, el martes pasado, tras los sesudos análisis del Consejo de Gobierno, lo siguiente: "Algunos poderosos que apoyaron mi candidatura lo hicieron pensando que yo era un viejo bruto y que me iban a cuentear, y que yo iba a entregar el país y que les iba a entregar una serie de negocios que son del pueblo de Costa Rica". Una duda insistente nos asalta: ¿cómo se dio cuenta don Abel de que esos poderosos, otrora sus amigos, lo consideraban un viejo bruto? Y, si cree en lo que dice, ¿por qué no indagó las causas y no puso tanta perspicacia al servicio de la patria? La cuestión de fondo es que, por cuatro años, don Abel ha denunciado la acción de "una mano peluda" que ha querido "botarlo", en una de las democracias más sólidas del mundo, como a don Pepe en 1955. Hasta ahí la comedia pasa. Lo que resulta inexplicable es que nadie en su gabinete, en Costa Rica o en el exterior, lo ha tomado en serio. Ni siquiera su ministro de Seguridad Pública. Y esto sí que es grave. En consecuencia, nuestro presidente, al exhibirse en forma tan lastimera, se convierte en su mayor y único enemigo, por lo que habría sido en extremo fácil para cualquiera, débil o poderoso, botarlo. Si esto no ocurrió, si nadie lo ha tomado en serio y si Costa Rica sigue adelante, esto prueba la grandeza de nuestro pueblo y la urgencia de estas elecciones. Ese mismo martes, don Abel reveló que les tendió "una trampa" a los periodistas independientes. "Los mantuve entretenidos -dijo-y así no hicieron cosas que pudieron haberme realmente apeado del palo, como era la intención de algunos. Si hubieran sido más sutiles, podrían haberme arrinconado, pero entraron en la trampa que les puse". Como la urdimbre de esta trampa es en extremo sutil, casi divina, no compete a nosotros, los mortales, ahondar en ella, y como, necesariamente, debía ser obra de muchos, esto explica por qué, en vez de gobernar, don Abel, tan sutil, se dedicó, con los suyos, a perseguir a "los poderosos" y a tender trampas a los periodistas.Un Fouché a la tica. Ni viejo ni bruto, como él se dice. Un genio incomprendido que, como él también confiesa, nadie logró "apearlo del palo".
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