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Sub/versiones Leonardo Garnier garnier@amnet.co.cr Ayer se cumplieron cuatro años de la llegada del primer preso a la base estadounidense de Guantánamo. Paradójicamente, en un reporte titulado Apoyando los derechos humanos y la democracia, Condoleezza Rice habla detalladamente de la violación de derechos y libertades en todas partes del mundo y destaca, por supuesto, el encarcelamiento de 75 activistas por parte del gobierno de Fidel Castro y cómo "los acusados reciben juicios montados (sham trials) y viven en condiciones de encarcelamiento que atentan contra sus vidas"; pero no dice nada de los 500 prisioneros de Guantánamo, donde su propio gobierno está por realizar juicios que calzan muy bien con su idea de un sham trial. En el primero de ellos, Alí Hamza al Bahlul ha solicitado representarse a sí mismo y no por el mayor Tom Fleener, abogado militar asignado por los militares que lo juzgan. Omar Khadr, ciudadano canadiense de 19 años acusado de matar a un médico militar al lanzar una granada durante un enfrentamiento en Afganistán hace cuatro años, será defendido por un abogado militar de 31 años que nunca ha defendido a nadie en un juicio. Los propios abogados defensores consideran que los tribunales son una farsa y que "las reglas simplemente están hechas para no poder ayudar al acusado". Pero el problema de los derechos humanos en Guantánamo va mucho más allá pues la inmensa mayoría de los detenidos pasarán años ahí sin siquiera llegar a ser acusados. Al día de hoy solo se han formulado cargos contra nueve de ellos, y se calcula que solo entre 50 y 75 llegarán a ser acusados alguna vez. Mientras tanto, sin saber de qué se los acusa, sobre qué base y sin derecho a una defensa independiente, más de 500 personas siguen atrapadas sin salida en ese "Alcatraz del Caribe". Las celdas son una especie de jaulas de 1,8 por 2,4 metros, con techo y estructura metálicas, paredes de alambre y piso de cemento y ubicadas al aire libre. Cuando salen de las celdas, los prisioneros están obligados a usar esposas en las manos y en los pies, anteojos para esquiar tapados de manera que no puedan ver nada y una mascarilla sobre la boca. Amnistía Internacional acaba de añadir varios testimonios de abuso y maltrato a los ya conocidos: se les prohibía rezar, se les negaba comida, se metían serpientes y escorpiones en las celdas, recibían insultos, amenazas sexuales e incluso se les suministraban drogas alucinógenas; se los golpeaba brutal y rutinariamente o les metían la cabeza al escusado y jalaban la cadena hasta casi ahogarlos; pero no importa: es para conseguir información. Según el coronel Moe Davis, Chief Prosecutor en Guantánamo, "no tenemos nada de qué avergonzarnos por lo que estamos haciendo aquí". Esa es la peor de las confesiones: la de haber perdido la vergüenza.
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