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En Vela Julio Rodríguez envela@nacion.com Cada vez que se publica una encuesta sobre la popularidad de gobernantes o políticos, y, con más razón, sobre la intención de voto, en un proceso electoral, los que van a la zaga, a mitad de la cuesta o insatisfechos por no estar en la cúspide, suelen culpar de su desventura a las encuestas, o bien, al periódico que las publica. En este torneo de lamentaciones ocupan un lugar preferente los lugartenientes, gerentes, asesores, analistas o expertos en relaciones públicas de los gobernantes o de los candidatos. Para encubrir sus entuertos y para no perder el favor del líder, anonadado o venido a menos, atizan la hoguera de la santa ira, en busca de un chivo expiatorio. Ya sabemos que la transferencia de la propia culpa -ese horrendo miedo a la verdad- constituye una de las evasiones socorridas del ser humano. El ciudadano costarricense goza de una garantía: el profesionalismo de las empresas encuestadoras -reconocido internacionalmente- y la competencia entre ellas. Un acto doloso sería un suicidio. No hay un solo caso de manipulación mágica de los datos que haya engendrado un presidente de la República o un diputado. Idéntico juicio abarca a los medios de comunicación profesionales. Aclaro: profesionales. Debemos reconocer que las derrotas electorales no se trenzan o montan por una mano peluda en las empresas encuestadoras o en los medios de comunicación -profesio- nales-, sino en una variedad de causas, desde los atestados de los propios candidatos, pasando por la solidez y solera de los partidos, hasta una serie de circunstancias, internas o externas, que, mediata o inmediatamente, envuelven el proceso electoral. Recuerdo como si fuera hoy, por ejemplo, el candor de José Miguel Corrales de proclamar, en la campaña del 98, en Cartago, que, en la anterior elección del 94, él no había votado por José María Figueres Olsen, candidato del PLN. Ahí perdió, de golpe y porrazo, decenas de millares de votos que, de ser prudente, habrían pulverizado los escuálidos votos con que Miguel Ángel Rodríguez ganó las elecciones. La causa de la calentura no se encuentra en el termómetro ni la de la infidelidad, en el sofá ni la mala nota en el examen, en el profesor exigente. Déjense, pues, de gimoteos y pretextos algunos candidatos y su tripulación, y apechuguen con entereza los resultados, hasta ahora, de las encuestas, y menos incurran en la vileza política y moral de anunciar, desde ahora, un fraude electoral. El fair play, que no es sino respeto al pueblo -valor ético determinante- tiene vigencia, sobre todo, en un proceso electoral. No se debe ensuciar.
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