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Chile: cambio y continuidad

Para la segunda ronda del 15 de enero, las distancias se cierran y se prevé un final incierto cerrado

Juan Ignacio Castillo
ignacio.castillo@tironiasociados.com
Investigador social

No deja de ser curioso que un país tan serio y ordenado como Chile tenga contiendas electorales con tanta emoción y apremio. Desde que volvió la democracia, en 1990, ha gobernado la coalición de centro-centro-izquierda, la Concertación. Sin embargo, desde la anterior elección presidencial, su hegemonía suele disputarse.

No se puede decir que el oficialismo sea un conglomerado débil y cansado con el tiempo, pero tampoco que la oposición carezca de opciones. Por el contrario, la derecha se muestra como nunca antes entusiasta, pero la Concertación no es una agrupación caduca, como suelen ser los gobiernos con más de una década ejerciendo el poder. En Chile muchas cosas son fomes (aburridas), como dicen, pero no la política, y menos después de las elecciones que tuvieron a cuatro actores gravitantes: Ricardo Lagos, Michelle Bachelet, Sebastián Piñera y Joaquín Lavín.

Mayor protagonismo. Tras de una exitosa administración -con un apoyo del 70% del país para el presidente Ricardo Lagos-, la elección significó un plebiscito a su gobierno. Y puede decirse que en cierta forma resultó un éxito. No solo porque la Concertación mantuvo el liderazgo y las principales opciones de volver a hacerse con el poder, sino porque en cuanto a la representación parlamentaria y senatorial logró ambas mayorías -algo inédito desde la vuelta de la democracia-. Y, finalmente, dentro de la coalición, los partidos de izquierda han asumido mayor protagonismo.

Por su parte, Michelle Bachelet, hasta hace 3 años era desconocida en el país. Su carisma y cercanía con la gente, además de un buen ejercicio en el cargo de defensa, la catapultaron a niveles de popularidad impresionantes. Fue dejando en el camino a contendores y se instaló como la principal líder de la Concertación. Pero su campaña perdió peso, se cuestionó su capacidad y liderazgo y sus votos quedaron por debajo de la suma de los de la derecha, algo que nunca había pasado desde la vuelta a la democracia.

Sebastián Piñera, en cambio, probablemente sea uno de los políticos más golpeados de la política chilena. Incordiado por sus socios de derecha, ha defendido su opción a liderar a la oposición, desde una vertiente liberal, desvinculada del pinochetismo y del conservadurismo imperante. Apostó en grande, como buen empresario, y su candidatura fue contra el líder emblemático de la Alianza, corriendo la derecha a dos bandas. Se impuso, y ahora su candidatura disfruta del éxito, la novedad y el apoyo tímido, pero en aumento, de sectores vinculados al centro.

Campaña desgastante. Finalmente, cuando Joaquín Lavín obtuvo en 1999 la mayoría histórica más importante que la derecha haya tenido -un 48%-, se supuso que era el candidato consumado para el 2005, con las mayores posibilidades de hacerse con el poder. Cinco años después, obtiene solo el 23% y es derrotado por una mala campaña. El ser candidato por tanto tiempo fue desgastante, y el elector ha dejado de verse identificado, en el plano presidencial, con un tipo de derecha más conservadora y poco flexible para los tiempos actuales.

Así las cosas, el 15 de enero estará lleno de interrogantes: cuánto podrá subir Bachelet; si tendrá el apoyo de la izquierda extraparlamentaria para llegar al 50%; o si Lagos podrá traspasarle su apoyo en votos; y hasta qué punto el centro se moverá hacia Piñera; o cuánto apoyo tendrá de sus socios para acceder a La Moneda. Las distancias se cierran y la carrera depara un final cerrado. Toda una gran emoción para el verano en Chile.

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