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Adiós, tío Jorge

Al irse, se acaba un clan, pero también se termina de morir un ideal de Costa Rica

Anacristina Rossi


La homilía del funeral no le hizo justicia. Creí entender al sacerdote que su muerte había sido apacible porque su vida fue apacible. Dios mío, pensé, ¿apacible la vida de tío Jorge? Si fue una sucesión de huracanes, terremotos. Eso es lo que recuerdo desde que nací.

Poco antes de morir, tío Jorge había culminado ocho años de mediación en una batalla de clan, pero eso no era nada. Le tocó presenciar o sufrir vicisitudes mucho peores, como el derrumbe de hermanos o sobrinos. Igual en lo político. Le tocó rebelarse infructuosamente contra la descomposición de su partido y de su clase. Pero ahora quiero verlo a través de mi memoria personal.

En Turrialba. Mis primeros recuerdos de tío Jorge son en las montañas de Turrialba. Tienen que ver con sus cosas. Unas polainas de cuero café brillante. Unos jodhpurs que se amarran con hebillas y correas. Unas espuelas inglesas de una sola punta roma que no hieren. Y su voz, eternamente grave, eternamente baja. Yo cumplo tres, cuatro, cinco años y todo lo que tiene que ver con tío es inmenso. Su albarda es la más grande del cuarto de monturas. Su mula negra es la más alta de la finca. La monta con elegancia, siempre de primero. Va a paso vivo y las orejas de la mula se hacen para adelante y para atrás. Yo en cambio ando corriendo en la Estrellita, la yegua que me regalaron. Tío Jorge dice: "Niña, no canse la bestia. No se agarre jamás de la montura y lleve las piernas pegadas a los flancos, solo los músicos montan levantando los pies". Ser músico era sinónimo de mal jinete.

Me impacta la expresión de felicidad de tío Jorge cuando mira a su esposa. Mi tía Virginia es alta, blanca y de ojos brillantes. Toca guitarra y canta con voz de contralto canciones de amor.

Esa parte de mi infancia en la que vive mi tío Jorge es un mundo de principios. En ese mundo las personas tienen palabra, existe el pacto de caballeros, y el bien supremo es luchar por la justicia social.

En el mundo de los Rossi, formado por mis abuelos Pachito y Ami y sus hijos y sus nueras, se discute mucho. Entran y salen personajes inquietantes como los Figueres o Daniel Oduber, y entrañables como don Chico y doña Marita. En 1958 se discute más que nunca porque tío Jorge va a ser candidato a presidente. Creo entender que en el 48 se jugaron la vida por unos principios y esos principios están siendo traicionados. Tío Jorge hace un partido aparte: el Partido Independiente. Creo escuchar decir a los adultos que es un partido por la honestidad. Voy con mis primos a las manifestaciones y gritamos "Erre, o, ese, í, Jorge Rossi sí, sí, sí."

El resultado es no. Tío pierde las elecciones y Liberación, dividido, pierde también. Al tiempo tío se reconcilia con Oduber y Figueres, pero jamás cesarán realmente los conflictos. Y estando mi abuela Amalia en lecho de muerte, dirá que no se muere mientras Daniel Oduber no venga a pedirle perdón.

Por esas épocas yo empiezo a alejarme de la familia para poder dilucidar mis propias obsesiones. Tío Jorge es ese personaje firme y recto al fondo con cuya intervención serena y justa siempre podemos contar. Una persona excepcional con la que tengo, sin embargo, serías diferencias: él es del Opus Dei y yo soy feminista, yo soy de izquierda y él es socialdemócrata conservador. Además, me molesta que quiera a don Pepe, a pesar de los pesares.

Una noche de 1995 en vísperas de la conferencia de mujeres en El Cairo, tío Jorge y yo nos agarramos metafóricamente de las mechas. Esa es nuestra última discusión. Pero no me resiento, tío Jorge está entregado a sus principios y, si una puede repudiar la parte patriarcal, es imposible malquererlo a él o no admirar su decencia y su entereza.

Tío Jorge, usted fue siempre el de mi infancia. Al irse usted se acaba un clan, pero también se termina de morir un ideal de Costa Rica.

Tío Jorge, llévese a la eternidad mi amor y déjeme el sonido de los cascos de su mula contra las lajas de los montes, en Turrialba.

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