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En Vela Julio Rodríguez envela@nacion.com La Municipalidad de Escazú clausuró, en diciembre pasado, una valla, colocada en un terreno privado, frente al centro comercial Trejos Montealegre, por carecer, según el alcalde del lugar, del permiso municipal correspondiente y del pago de 500 colones. En la valla la Yunta Escazuceña invitaba a los electores del cantón a "quebrar" el voto, como se dice en la jerga política, esto es, a favorecer a los candidatos a presidente y a diputados que les viniera en gana, pero, eso sí, que votaran por la papeleta municipal de la Yunta. Fue suficiente que un ciudadano se quejara de este horrendo delito electoral para que, de inmediato, el municipio actuara. Esta celeridad es sospechosa, máxime si se tiene en cuenta que la actual mayoría municipal dista mucho de compararse con la eficiencia y logros del cuatrienio 1998-2002, cuando la Yunta convirtió al municipio de Escazú en el mejor del país, siendo alcalde Adrián Chinchilla. Después hicieron alianza, en la elección del 2002, los celos políticos y la demagogia, y Escazú retrocedió. Buena prueba de esta nueva mentalidad es la premura en censurar un inocente mensaje publicitario, sin la elemental prevención de avisarle a la Yunta sobre esta determinación. Nos referimos a este episodio por su propio contenido y porque revela, una vez más, la crisis del régimen municipal, uno de los desaciertos más graves de los partidos políticos mayoritarios y de los gobiernos en las últimas décadas. El régimen municipal ha sido la cenicienta de la política nacional, cuyo desmadre está a la vista en diversas municipalidades del país tanto por su menesterosidad económica -originada particularmente en su incapacidad administrativa- como por su causa principal: el desinterés de los partidos en nombrar candidatos a regidores y a alcaldes competentes, fuente de permanentes disensiones internas, así como por la lentitud y miopía en las reformas legislativas pertinentes, entre ellas la elección de regidores y alcaldes en igual fecha, al margen del escrutinio de febrero. El daño causado al desarrollo del país por este sistema aletargado y arcaico ha sido enorme. De aquí la necesidad de apoyar a los partidos cantonales, como la Yunta Escazuceña, el Partido del Sol, en Curridabat, y algún otro con recias credenciales, dispuestos a laborar por el progreso de la comunidad, sin apego a consignas políticas o intereses personales. El caso patético del municipio de Tibás, que tampoco es el único, debe servirnos de escarmiento. Un régimen municipal incompetente, con las excepciones conocidas, un gobierno descaminado, un parlamento estéril. Ha sido ya demasiado castigo.
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