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Sub/versiones Leonardo Garnier garnier@amnet.co.cr ¿Alguien se sentirá, alguna vez, malo, realmente malo? Es una pregunta a la que nunca he encontrado respuesta. La maldad parece estar siempre más allá de nosotros, en otros que -pensamos- son capaces de cualquier cosa; pero no es así. Por eso resulta escalofriante La caída, esa obligatoria película de Oliver Hirschbiegel sobre los últimos días de Hitler. No nos presenta al mal personificado y simple, ese al que no podríamos parecernos, al que no podríamos acercarnos, para el que no podríamos trabajar y por el que jamás podríamos sentir afecto o lástima. No. Nos muestra al monstruo real y, por tanto, humano; humano y, por tanto, acompañado, amado, temido, atendido, obedecido y también odiado por otros que, como él, son parte de la tragedia. Precisamente al presentarnos a Hitler y a su régimen como humanos, La caída logra su principal objetivo: solo los humanos podemos ser así de inhumanos. Todos podemos ser malos ("semos malos", decía Salarrué) o, al menos, tolerar y hasta justificar la maldad; estar ahí, a su lado, colaborando, sonriéndole incluso y sin ser capaces siquiera de sentirnos parcialmente responsables, es decir, cómplices. A Hitler la gente no solo lo siguió, sino que lo idolatró y lo quiso. "Era como una estrella pop", dice Hirschbiegel aludiendo a cómo lo veía su madre a los 14 años. Era la cabeza, el símbolo viviente de un movimiento que les devolvía el honor perdido, el orgullo, la identidad, el sentido. Por eso lloraron por él cuando murió y lloraban cuando los aliados destruían sus fotos y sus símbolos y, con ellos, el sueño que les había ofrecido de ser distintos de los otros, mejores, superiores, especiales. Por eso se identificaron con él -y en él- y lo siguieron. Pero... ¿sabían? Probablemente no en detalle, pero la mayoría de los alemanes -dice Hirschbiegel- sabía o al menos había oído rumores sobre lo que ocurría: sabía sobre el gas; sabía de los millones de judíos que estaban siendo deportados y asesinados sistemáticamente; sabía, pero no era bueno saber: era peligroso, más peligroso cuanto más cerca. Además, ¿qué podría hacer yo? Así que se optaba por no saber, por no creer, por no pensar y seguir ahí aunque el régimen ya estuviera derrumbándose, por si acaso..., o porque era impensable renunciar al sueño. Hitler tuvo el poder que tuvo porque la mezcla de ilusión y miedo se lo dio. La atracción del sueño era demasiado grande. El miedo era demasiado grande. "Pero no fue solo Hitler -nos recuerda el productor Eichinger-: su personal en los campos de concentración eran todos familias, todos seres humanos que, luego de su turno, volvían a casa y jugaban con sus hijos y escuchaban música de cámara y, la mañana siguiente, regresaban al campo de concentración donde seguían haciendo las cosas más horribles, ¡y todos eran seres humanos!"
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