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EDITORIAL

Meta política de enero

Conviene, sin embargo, que los métodos utilizados sean idóneos y no alejen, más bien, a los electores


De los 14 partidos políticos que participan en el actual proceso electoral, con papeletas presidenciales, cinco se han propuesto intensificar su campaña, en este mes de enero, para conquistar el favor de los electores, el 5 de febrero próximo, reducir así el nivel de abstencionismo y forzar una segunda vuelta para el 2 de abril si ninguno de los candidatos sobrepasa el 40 por ciento de rigor, conforme al artículo138 de la Constitución Política.

El incremento del abstencionismo preocupa a los partidos políticos y a los estudiosos de la política desde las elecciones de 1998, sobre todo por figurar, entre las causas generadoras de este fenómeno, la desafección al sistema político y, como derivación, la desconfianza en el sistema democrático. Es razonable, por ello, que los partidos políticos se empeñen, en las semanas decisivas, anteriores al día de las elecciones, en combatir la indiferencia o el desánimo de un grupo hasta hoy sustancial de electores. De acuerdo con la encuesta de Unimer para La Nación, publicada a principios del mes de diciembre pasado, se mantiene un voto duro de alejamiento de las urnas del 29 por ciento del padrón electoral (2.550.613 electores), correspondiente a 740.000 ciudadanos. Existe, asimismo, la presunción estadística, hasta hoy, de que el próximo presidente de la República podría recibir un caudal de apenas el 30 por ciento del padrón electoral. La persuasión del mayor número posible de electores, entonces, conviene sobremanera a nuestra democracia.

Si el objetivo de este esfuerzo postrero es conveniente, no siempre los medios utilizados podrían ser los mejores, máxime si los partidos recurren a procedimientos contraproducentes que, en vez de atraer a los electores, más bien estimularían su desánimo con la política. Este sería el caso del recurso a la invectiva o al ataque personal, o a la denuncia infundada. Es preciso distinguir nítidamente entre las malas artes, ineficaces y peligrosas, por su efecto de bumerán, y el deber de señalar objetivamente los actos reñidos con la moral o la legalidad, esgrimidos para adecentar la política y prevenir a los ciudadanos. La experiencia indica que no se gana una elección con el primero de los métodos señalados, que deja una estela de animadversión entre los contendores, que entraba el diálogo político, pasadas las elecciones, y que descalifica a quien lo utiliza. Hemos insistido, por ello, en diversos editoriales, en invitar a los dirigentes políticos a competir en las soluciones y, particularmente, en los medios idóneos para alcanzarlas.

Interrogados los candidatos presidenciales por La Nación sobre la primera medida que pondrían en marcha, a partir del 8 de mayo próximo, de ganar las elecciones, la mayoría coincidió en la necesidad de hacerle frente a la crisis vial. Este dato interpreta correctamente lo que los ciudadanos esperan: proyectos de solución concreta de los problemas nacionales, esto es, satisfacción de las necesidades inmediatas de la población. Si el pueblo no es la razón de ser de la democracia, el proceso electoral carece de sentido. Esta es la cuestión de fondo en esta campaña por principio y porque ha sido la ineficacia de los últimos gobiernos uno de los motivos principales de la desafección política. Un compromiso leal y real de los candidatos y de los partidos, con expresión específica de las soluciones adecuadas, representa así la forma más eficaz y sincera de atraer al mayor número posible de electores y de combatir el abstencionismo. Desde este punto de vista, cuando el elector observa que se procede con transparencia y concreción, la campaña política puede convertirse en una escuela de educación política y cívica. En este primer mes del año y final del proceso electoral, estos son los deseos y las demandas de nuestro pueblo.

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