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Confianza y preocupación La confianza ha renacido en el país en el 2006, por lo que es preciso aprovechar la coyuntura para avanzarLa institucionalidad democrática se mantiene firme, pero un grupo político-sindical pretende desconocer la representación política constitucional Finaliza esta noche el 2006, otro paso en el curso del tercer milenio. A lo largo de estos 12 meses, hemos estado atentos a comentar los hechos principales del mundo y de nuestro país. En esta oportunidad, nos detenemos en dos aspectos que, de alguna manera, compendian lo acaecido internamente y que, traspasado el umbral del año, se convierten en vigoroso impulso y en obligado compromiso. Este fin de año nos deja, en el haber, una sensación de confianza, y, en el pasivo, una honda preocupación. La primera es producto, en gran medida, de un marco institucional y político ordenado, orientado hacia la solución de los problemas del país, con liderazgo, un equipo competente y objetivos definidos, así como de una serie de indicadores económicos que, como hemos comentado en otros editoriales, constituyen una buena plataforma para llevar a cabo los cambios que, por años, ha estado esperando nuestro país y cuyo objetivo primario social es la lucha contra la pobreza. El aprovechamiento inteligente y visionario de este clima espiritual nos dará la talla de nuestros dirigentes, en todos los campos, para vencer los obstáculos y avanzar, y nos mostrará la lealtad con el país de quienes no están dispuestos a anteponer el bien común a sus intereses particulares, gremiales o políticos. Nuestra preocupación brota de una saga de declaraciones y de hechos cuyo origen se remonta a la tristemente famosa reunión político-sindical en el teatro Melico Salazar en abril del 2004. En esa ocasión, se trazaron las líneas antidemocráticas de su actuación que, al conjuro de la tramitación del TLC, han llegado a límites peligrosos. Se desconoció en esa fecha, por anticipado, la legitimidad del actual Gobierno, lo que se ha reiterado en numerosas declaraciones a lo largo del año, y se avanzaron las más audaces aberraciones sobre la institucionalidad democrática. El escrutinio electoral de febrero pasado y la discusión del TLC confirmaron esas andanzas. En lo electoral, se formularon denuncias irracionales e irresponsables sobre la comisión de un fraude o “chanchullo”, recogidas en el exterior, para descrédito nuestro, y, para entorpecer la aprobación del TLC, esta mezcolanza político-sindical ha pretendido consagrar la superioridad de la llamada democracia de la calle sobre la representación política engendrada en un proceso electoral constitucional. Para darles sustento histórico a esos despropósitos sobre la “democracia callejera” y para reafirmar la comisión de un fraude electoral en febrero pasado, se han traído a cuento manifestaciones callejeras en otras épocas, sin distinguir entre una manifestación popular o gremial, conforme a nuestro Estado de derecho, como tantas veces se han llevado a cabo, y la democracia callejera como suplantación de la representación política o como negación de la legitimidad del Gobierno actual. El epílogo de estas extravagancias lo selló un expresidente de la República, recientemente, cuando proclamó que en Costa Rica se había roto el orden constitucional. Estas premisas eran el más eficaz caldo de cultivo para la violencia y para el triunfo de la democracia callejera, así entendida, sobre la representación política. Nuestro pueblo, sin embargo, maduro y con exquisito sentido del humor, ni siquiera reparó en estas aberraciones, con lo que sancionó moral y políticamente a sus autores. Esperamos que les sirva de lección, en provecho del país y de sus partidos políticos. Quedan, con todo, el amargor de los excesos que engendra la intolerancia, y, a la vez, la preocupación de que algún grupo minoritario, inspirado en esas proclamas y falsas premisas, extraiga las conclusiones pertinentes y convierta la democracia callejera, tal como la conciben sus autores, en violencia y en una permanente prédica contra el Estado de derecho, todo lo cual, por cierto, ha sido recogido, con lógica impecable, por la prensa comunista de Cuba. La confianza que ha renacido en el 2006 en el país debe convertirse en estímulo y acción sin tregua para recobrar el tiempo perdido y para avanzar. La tarea es enorme y pesada. Los atentados contra la institucionalidad democrática deben, por su parte, ponernos alerta. La democracia es un bien frágil que requiere creatividad y eficacia, y vigilancia permanente. El 2007 puede, si queremos, erigir un nuevo hito en nuestro desarrollo. Que así sea.
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