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Católicos sin misa… Ojalá los católicos seamos coherentes con lo que creemos y lo practiquemos sin excusasVíctor Hugo Munguía Castro Prebístero Hace poco leímos la información (naturalmente, en primera plana…) de que, de cada cinco católicos, cuatro no van a misa; y, como no tengo ninguna calificación científica que me permita discutir el resultado de la encuesta, me permito señalar tan solo algunas reflexiones sobre este asunto tan triste. ¿Por qué no decirlo? Es cierto que, si comparamos el número de personas que vive en nuestras comunidades, con el número de personas que viene a la celebración de la Sagrada Eucaristía, el ausentismo es espantoso porque “numeritos, igual que papelitos, hablan”… Esto nos obliga a pensar que la celebración de la Sagrada Eucaristía es para “iniciados”, es decir, para personas que han tenido la oportunidad de conocer la riqueza del Evangelio y, por ende, la presencia sustancial de Cristo en el pan y el vino consagrados. Si alguien considera que “ir a misa” es una obligación engorrosa, por supuesto no es extraño que se aleje de la participación en la Sagrada Eucaristía. Es cierto que, a estas alturas de la “Reforma Litúrgica” posterior al Concilio Vaticano II, y propiciada por este, hay todavía sacerdotes y fieles que prefieren el género de predicación que yo llamo “gritadito”, o el género de predicación que yo llamo “discurso de ocasión”, porque se habla de la lluvia y del buen tiempo o “de omni re scibili et de aliis quibusdam”… Pero, por dicha, hay gran cantidad de sacerdotes y de fieles que saben que “homilía” es conversación familiar sobre los textos bíblicos proclamados, y que se debe cuidar en ella el momento exegético (breve explicación de los textos), el momento litúrgico (breve contextualización de los textos en relación con el misterio que se celebra) y el momento hermenéutico (breve actualización de los textos bíblicos para la vida monda y lironda de los fieles). Nótese que dije “breve” porque el discurso largo es normalmente el que no se ha preparado. Por tanto, no se puede decir que es culpa de las homilías en general el ausentismo en las celebraciones, aunque es justo reconocer que hay quien no tiene idea de lo que es “homilía”… Crecimiento cualitativo. Es cierto que, numéricamente, los fieles asisten menos a las celebraciones litúrgicas, pero es cierto también que hay una inmensa cantidad de fieles laicos que buscan la celebración de la Sagrada Eucaristía todos los días, sin que para ellos represente carga, sin que para ellos sea “precepto”, porque entendieron que Cristo está presente en esa celebración, y gustosos buscan ese encuentro con Él. Me parece que hay un crecimiento cualitativo en la participación de los fieles durante las celebraciones de la Sagrada Eucaristía, y lo hacen antes de ir al trabajo o después de este, sin que falte quien busque momentos de adoración de la presencia sustancial de Cristo en los Sagrarios. Es cierto que nunca podremos comprender la grandeza de la presencia de Cristo en la Eucaristía, y, por esto, frente a la invitación de Cristo, hay católicos que prefieren usar su libertad para decir que no quieren aceptar esa invitación. A mi pobre juicio, es el uso de la libertad lo que explica el ausentismo de nuestros creyentes en la Santa Misa. Con todo, debemos los sacerdotes y los encargados de Liturgia en las parroquias cuidar la forma de celebrar la Santa Misa en nuestras comunidades. Tengo la experiencia de que se puede celebrar solemnemente, con participación activa y consciente de los fieles, con ambiente de oración y de cercanía con todos, sin necesidad de llevar payasos, mimos ni música con ritmo de merengue o cumbia para hacer atractiva la celebración. Para divertirse hay otros lugares… Un cristiano, no católico, decía que si él creyera lo que los católicos creemos de la presencia de Cristo en las especies de pan y de vino consagrados, jamás desaprovecharía la ocasión de ese encuentro con Cristo… Ojalá los católicos seamos coherentes con lo que creemos y no busquemos excusas para alejarnos de la “fuente y cumbre de la vida cristiana”, que es la celebración de la Sagrada Eucaristía.
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