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/LA NACIÓN

Un gran punto de encuentro

La Estrategia siglo XXI va más allá de la ciencia y la innovación tecnológica

Eduardo Ulibarri


Es hora de pensar y actuar en serio más allá del TLC. No se trata de frenar su impulso, ni el de sus agendas de implementación y complementaria. Ambas, así como el acuerdo en sí mismo, son piezas clave para el país. También se insertan, de manera coherente, en una estrategia de comercio y apertura que, a pesar de sus carencias y problemas, ha impulsado nuestro crecimiento y diversificado nuestra economía por dos décadas.

Pensar en serio más allá del TLC, entonces, no quiere decir olvidarnos de él, sino impulsarlo con rapidez para liberar energías hacia otros propósitos. Entre ellos, dos resultan cruciales: por una parte, una visión clara, inteligente e integral de lo que nos proponemos alcanzar en el futuro; por otra, la capacidad de llevarla a la práctica de forma sostenida.

Planes y ejecución. A lo largo de los últimos años, son muchos quienes, desde la academia, la política, el mundo productivo y la sociedad civil, han planteado ideas, planes y conceptos para guiar el rumbo de las próximas décadas. De esos ejercicios han emergido sustanciales coincidencias. Las más importantes giran en torno a ciertos valores “pétreos” de nuestra sociedad: por ejemplo, que el desarrollo debe estar asentado en la democracia, la paz, el Estado de derecho, las libertades individuales, la solidaridad, la justicia y la igualdad de oportunidades.

Pero, además, cada vez existe más convicción sobre la necesidad de que nuestro avance no esté basado ni en los productos básicos, ni en las industrias protegidas, ni en la mano de obra barata, ni en la destrucción del ambiente.

Como contraparte, estamos más convencidos de que el desarrollo debe asentarse en la creación de valor, la competitividad, la innovación, la educación, la producción diversificada de bienes y servicios, la integración al mundo y la salud ambiental, y todo ello en armonía con los valores mencionados.

Esta concepción ha sido y es sustancialmente mayoritaria; por algo ha logrado avanzar durante 20 años. Sin embargo, tal avance ha sido errático y desarticulado porque todavía no hemos podido traducir las coincidencias en un proyecto coherente que, además, se pueda llevar a la práctica con rapidez y certeza, y se mantenga en el tiempo, aunque con los ajustes necesarios. Nuestra mayor carencia ha estado en la ejecución de lo que, por razón o intuición, sabemos que se debe hacer.

Articular un plan de largo plazo, y una estrategia que lo haga avanzar, no es tarea fácil, sobre todo en esta época de escepticismo ciudadano, relativa dispersión política, fuentes de influencia múltiples y pluralidad de actores públicos, a los que se añade una coyuntura de crispación.

Gobierno y sociedad. En el diseño y ejecución de proyectos nacionales, el Gobierno tiene mucho que decir y hacer. En él reside gran parte de la información crítica para actuar; de él emana una gran autoridad institucional, y sus principales dirigentes están en condiciones (si tienen capacidad y voluntad) para ejercer liderazgo. Fueron elementos que malgastó el presidente Abel Pacheco, con el resultado de una grave parálisis y desorientación nacional, pero que don Óscar Arias está reconstruyendo con lucidez, creciente confianza pública y razonable eficacia.

Sin embargo, para convertir estas mejores condiciones en una catapulta que se proyecte más allá del TLC, y que se prolongue con un amplio y realista sentido de futuro, hay que trascender los cuatro años de una administración y el ámbito estrictamente oficial.

La buena noticia, en este sentido, es que el país dispone ahora de una propuesta inteligente, bien estructurada y ampliamente concertada entre actores clave, para, al menos, servir de guía hacia un desarrollo extendido, sólido, incluyente, balanceado y visionario, además de vinculado a los mejores valores nacionales.

Proyecto impecable. La Estrategia siglo XXI, como ha sido bautizado este plan, tiene un origen y diseño impecables. Bajo el liderazgo de Jorge Manuel Dengo, Franklin Chang, Gabriel Macaya, Alejandro Cruz, Rodrigo Gámez y Pedro León, resume el trabajo de más de 200 académicos, investigadores y empresarios, con vinculaciones diversas.

Su propuesta, de tres etapas en un horizonte de 50 años, parte del impulso a la innovación, la educación, la ciencia, la tecnología y la cultura como detonantes de un desarrollo vinculado al ambiente, volcado hacia los seres humanos y enraizado en lo mejor de nuestra nacionalidad.

Reconoce que no es la respuesta final a todos los desafíos, y que deberá irse afinando a lo largo del tiempo, y supera la absurda discusión entre si conviene “minimizar” o “maximizar” el Estado, con una respuesta que, aunque no es explícita, sí resulta clara: lo que se impone es optimizarlo.

Todo lo anterior constituye un gran aporte, pero existe otro valor esencial de la Estrategia siglo XXI: su potencial para servir como un punto de confluencia entre distintos sectores nacionales. Esta cualidad se puso de manifiesto durante su proceso de diagnóstico y diseño; pero puede ir mucho más allá, para propiciar acuerdos nacionales de diversa índole, incluso políticos; es decir, para adoptar verdaderas políticas de Estado a largo plazo.

Buenos síntomas. En este último sentido, hay síntomas estimulantes. El 26 de mayo del 2006, tras resaltar la necesidad de mejorar la competitividad del país, Ottón Solís, en un artículo publicado en esta página, propuso que la Estrategia siglo XXI se convierta “en un elemento esencial en la construcción del modelo de desarrollo”. Tanto él como el entonces presidente electo Arias, estuvieron en el acto de entrega del documento, celebrado pocas semanas después de los comicios en el auditorio del Centro Nacional de Alta Tecnología (CENAT).

En su sesión del 29 de noviembre, el Consejo de Gobierno decidió que los principales componentes de la Estrategia se incorporen al Plan nacional de desarrollo 2006-2010, a cargo del segundo vicepresidente, Kevin Casas. Además, la primera vicepresidenta, Laura Chinchilla, asumió la responsabilidad de articular los esfuerzos gubernamentales necesarios para comenzar a impulsar iniciativas específicas de la propues-ta, algo que ya ha comenzado.

Idealmente, no habría que esperar mucho para que el Gobierno, el principal partido de oposición y muchos otros sectores confluyan hacia un acuerdo inspira-do en este proyecto; pero, si la discusión actual en torno al TLC nubla la actitud y la disposición de algunos, al menos ya existe la Estrategia que, tras la inminente y ne-cesaria aprobación del Tratado, podrá propiciar ámbitos para acuerdos de mayor envergadura. Este es el tipo de “solución a la tica” al que sí debemos apostar.

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