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Ojo Critico Rodolfo Cerdas Hoy abordo tres temas: el TLC, la elección de Magistrado y la política exterior. El retardo en la discusión del TLC en el gobierno anterior, impidió su análisis pausado y cuidadoso y las rectificaciones oportunas. Tres documentos lo muestran: las sólidas críticas de Álvar Antillón, Elías Soley, Rafael González, Manrique Jiménez, Jaime Ordóñez y Juan José Sobrado; la insatisfactoria respuesta de la Presidencia de la Comisión de Internacionales; y la contundente réplica de aquellos a esta. Me temo que será muy difícil que la Sala Constitucional no se vea forzada a echar atrás lo que parece ser un notable cúmulo de decisiones, actuaciones y procedimientos erróneos. El segundo tema lo abordó doña Gloria Valerín. Sin tapujos, dijo lo que casi todos piensan pero nadie se ha atrevido a decir: que tras el veto a la candidatura del licenciado Dall’Anese hay arreglos y connivencias inconfesables. Ello da la medida de cuánto valen para algunos políticos los intereses superiores del país, sus llamados contra la corrupción y sus gimoteos hipócritas sobre la urgente restauración de la credibilidad de políticos y partidos. Aunque he simpatizado con esa candidatura, disfrutaré verlo al frente de ciertas acusaciones, sobre todo después de que la Sala IV reconoció el carácter impoluto de su gestión. El último tema es la confusión del Presidente Arias entre lo que es la defensa de la paz, la democracia y los derechos humanos, como principios legítimos y tradicionales de nuestra política exterior –que él, como Presidente, debe defender–, con lo que son sus actuaciones y declaraciones personales, como Nobel de la Paz, con relación a Cuba. Entender esta diferencia, a la luz del derecho internacional público, es fundamental y urgente. Mientras que, como persona, don Óscar no tiene más límites que la verdad y su responsabilidad ética, como Presidente de un Estado está obligado a respetar el principio de no intervención en los asuntos internos de otros países y la soberanía de otros Estados. No está Costa Rica en condiciones de inmiscuirse en los asuntos internos de otras naciones y andar diciéndoles cómo resolver sus problemas. Hay demasiados actores poderosos –a la izquierda y la derecha– que ya lo hacen y hasta pretenden dictar qué debe entenderse por democracia y por derechos humanos. Para una política exterior efectiva, más allá de la retórica, se necesitan planificación, alianzas políticas y recursos: todo lo que no se tiene. Por ello, no basta apostar al cadáver de Fidel Castro. Su régimen sigue siendo hoy un adversario peligroso, con ¿bastantes?, ¿demasiados? aliados, como para echarnos solos este cohombro al hombro.
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