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Cambian los vientos para Evo

El gobierno de Evo Morales ha perdido influencia en la ‘media luna’ oriental de Bolivia

Enrique Gomáriz Moraga


La noche de este 15 de diciembre, un Evo Morales visiblemente contrariado se negaba a responder las preguntas de los periodistas sobre el éxito de los cabildos departamentales opositores y repetía mecánicamente su satisfacción por el hecho de que los discursos autonomistas hubieran subrayado la unidad de Bolivia. Momentos antes, la televisora gubernamental admitía que, aunque no hubiera llegado al millón, el cabildo de Santa Cruz había doblado la cantidad de ciudadanos que asistieron al cabildo anterior.

Se consolidaba así esa noche la pérdida por parte del gobierno de la “media luna” oriental y la práctica división política del país.

De esa forma parecía concluir, antes del ligero descanso navideño, la polarización producida por la escalada en el conflicto practicada por el gobierno y la oposición en el último trimestre del año, uno de cuyos hitos fue –en el contexto de la masiva huelga de hambre por el mantenimiento de los dos tercios para redactar la nueva Constitución– la convocatoria de cabildos en cuatro departamentos con un discurso endurecido que señalaba la posibilidad de la separación del país.

El gobierno aceptó el envite y su exhortación nacionalista incluyó la solicitud a las Fuerzas Armadas de un pronunciamiento al respecto, el cual se produjo sin muchas dudas: la Jefatura del Estado Mayor dejó claro que cumpliría con el mandato constitucional de defender la unidad del territorio boliviano.

Con este apoyo, Evo tuvo la esperanza de poder descalificar a la oposición y evitar los cabildos masivos. Sin embargo, dando muestra de cintura política, los opositores fueron capaces en el último minuto de subrayar que su autonomismo no ponía en cuestión la unidad nacional. El resultado fue una enorme demostración de fuerza. Tres días después, las encuestas de opinión mostraban el retroceso de la popularidad de Evo, cuyo apoyo caía en San Cruz de la mitad a un tercio de la población del departamento.

Puede entenderse la lacónica respuesta del portavoz del Gobierno, Alex Contreras, cuando los periodistas preguntaron sobre los actos previstos para conmemorar la victoria electoral de Evo el 18 de diciembre del 2005: “Tal como está el país, no creemos que haya mucho que celebrar”.

Primer balance anual. Desde luego, el balance del 2006 no parece haber entregado los resultados que Evo hubiera esperado. En los primeros meses de gestión, su gobierno fue capaz de impulsar varios de los aspectos cruciales de su oferta programática: el decreto complementario a la ley de nacionalización de hidrocarburos, las medidas anticorrupción, los decretos de austeridad, la formulación de un enérgico Plan Nacional de Desarrollo, suscitaron el apoyo popular y, a juicio del Movimiento al Socialismo (MAS), crearon las condiciones para realizar la convocatoria de la Asamblea Constituyente y el referéndum sobre las autonomías departamentales.

Sin embargo, los resultados de estas pruebas no fueron lo suficientemente favorables y, desde julio, la suerte del gobierno comenzó a cambiar. El referéndum del 2 de ese mes mostró la reedición de las diferencias entre el oriente y el occidente, pero, sobre todo, la no obtención de los dos tercios en la Asamblea Constituyente abrió una enor-me interrogación en el proyecto del MAS. La prensa boliviana ha comentado repetidamente la llamada que Evo recibió de su colega venezolano, Hugo Chávez, al día siguiente de las elecciones para la Constituyente, advirtiéndole que no haber alcanzado los 2/3 podría traerle serios problemas; algo premonitorio dicho desde la perspectiva de quien tuvo la Asamblea Constituyente a su entera disposición.

Ante la posibilidad de que la oposición bloquease el proceso constituyente, el MAS optó por plantear que el sistema de aprobación pasara a ser por mayoría absoluta (50% mas uno). El problema es que la ley de convocatoria mantiene los 2/3 y que el propio Evo había justificado esa proporción argumentando que era la mejor forma para redactar la Constitución con suficiente consenso.

El rompimiento con las reglas del juego propuestas por el propio MAS fue un regalo para la oposición, que se sintió cargada de razón moral, como para iniciar una huelga de hambre que consiguió arrastrar a personajes conocidos, incluyendo votantes de Evo en la elección presidencial, y la nueva edición de la ley de reforma agraria no fue suficiente para recuperar la pérdida de apoyo que afectaba al gobierno.

Débil gestión pública. También en el segundo semestre comenzó a aparecer un problema quizás menos visible pero no menos grave: la enorme debilidad en la gestión pública. Siguiendo una tradición vieja en Bolivia, en los primeros meses de gobierno, los seguidores de Evo se dedicaron al asalto de la administración pública, solo que, en esta ocasión, el cambio fue mucho más radical: sindicalistas, miembros de movimientos sociales y representantes indígenas desplazaron casi por completo a los antiguos funcionarios, acusados de un delito ideológico mayor, haber servido al neoliberalismo. Sin embargo, pronto se dieron cuenta de que era mucho más fácil cambiar la composición étnica y de clase de las instituciones, que hacerlas funcionar (sin los servidores del neoliberalismo). Así, al concluir el año, es una estimación aceptada que el gobierno central ha ejecutado en torno a la mitad del presupuesto, cifra que casi alcanza el 70% en el caso de los gobiernos municipales.

A la caída de la inversión pública se suma la fragilización de la inversión privada, interna y externa. Todo ello ha hecho que –pese al lanzamiento de programas de transferencias monetarias, como el denominado Juanito Pinto para apoyar la asistencia de los niños a la educación primaria–, la mayor parte del aumento de recursos procedentes de las medidas nacionalizadoras descanse en las bóvedas del Banco Central.

El economista boliviano Gonzalo Chávez sostiene que, si el aumento de recursos hubiese ingresado rápidamente en la economía del país, la tasa de crecimiento del producto interno hubiera sido superior al 7%, en un año en que el promedio latinoamericano fue del 5,3% y los países vecinos se aproximan o superan el 8%. Sin embargo, esta cifra para Bolivia se sitúa en el 4,3% al concluir este año, algo que mantiene la estabilidad, pero no mejora apreciablemente la vida en este país pobre.

La respuesta desde el partido de gobierno parece indicar una verdadera fuga hacia delante. La Navidad trajo a los ministros y viceministros un curioso regalo: el anuncio de que, de ahora en adelante, las contrataciones de personal serán prerrogativa de la dirección del MAS. Algunos analistas sugieren, desde las páginas del semanario Pulso, que una razón que explica la tendencia del gobierno a la confrontación política es que sus funcionarios se sienten más cómodos en las manifestaciones callejeras que en la gestión institucional, algo que puede convertirse en un peligroso círculo vicioso para el MAS y para el país.

Así las cosas, es difícil imaginar mejores perspectivas para el año que viene. Incluso puede apreciarse cómo La Paz se prepara con desgano para las fiestas de fin de año. Cuando le comento esta percepción a un colega boliviano, mi interlocutor sonríe y me corrige: “No hay que preocuparse tanto, los bolivianos estamos acostumbrados a caminar por el borde del precipicio”. Puede ser cierto, pero también lo es que la historia nacional muestra cómo no sería la primera vez que acaban por despeñarse. En todo caso, uno se pregunta qué sucederá en la sufrida Bolivia si esta nueva y más amplia movilización del país profundo termina fracasando.

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