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Las cosas por su nombre Honor a quien honor merece, sin menospreciar otros grandes valores nacionalesManuel Matarrita Pianista costarricense El 10 de diciembre, en esta sección, el señor Guido Sáenz escribió sobre el feliz acontecimiento de que la niña pianista Daniela Navarro, a su corta edad, ha cosechado los primeros frutos como prodigiosa artista con su exitosa participación en un concurso en Italia. ¡Honor a quien honor merece! Como muchos otros jóvenes talentos nacionales, Daniela ha sido bien encauzada en su formación artística por el grupo de profesores encabezado por el doctor Alexandr Sklioutovski, en el programa que desarrolla el Instituto Superior de Artes junto con la Universidad Nacional. Se trata de un innovador plan de alto rendimiento, cuyos resultados hemos atestiguado en los últimos años, y que indudablemente ha revolucionado el panorama pianístico del país. Sin embargo, el señor Sáenz también afirma en su nota que “nadie antes ni después de Sklioutovski le ha dado a Costa Rica pianistas de categoría profesional”. Infundada descalificación. Aclaro a don Guido que se encuentra en un gran error. Somos muchos ya los pianistas costarricenses que hemos realizado especializaciones de posgrado en el área de la ejecución pianística, fuera y dentro de Costa Rica, y tres de ellos han alcanzado el grado de Doctor en Piano y sin haber tenido relación alguna con la escuela del doctor Sklioutovski ¿Cómo, entonces, descalificar sin miramientos a un sinnúmero de maestros e instituciones –universidades y conservatorios– que han tomado parte en la formación profesional de toda una generación de pianistas? Peor aún, ¿cómo descalificar tan categóricamente aquellos maestros del piano que hicieron historia en el país y desarrollaron una encomiable labor pedagógica? ¿Cómo menoscabar y mandar al cesto de la basura la obra de personajes como Carlos Enrique Vargas, Miguel Ángel Quesada, Guillermo Aguilar Machado o María Clara Cullell? Si por nivel profesional el señor Sáenz se refiere a las oportunidades que estos jóvenes tienen de participar en eventos de importancia nacional o internacional, para todos los que trabajamos en el campo artístico bien es sabido que el acceso a los escenarios siempre ha sido dispuesto de manera desigual, y que son pocos los que cuentan con el beneplácito de quienes rigen la cultura oficial del país. Eso no nos hace a los todos los demás menos profesionales. Orgullo costarricense. No culpo al señor Sáenz por externar su emoción al ver los frutos del talento nacional, y escribir panegíricos al Instituto Superior de Arte –institución de la cual es miembro honorario– y al doctor Sklioutovski por tan importantes logros. Considero que es lo menos que estos jóvenes merecen, pues son orgullo para el pueblo costarricense y un ejemplo a seguir para la presente y las futuras generaciones. De nuevo, ¡honor a quien honor merece! ¡Pero qué descortés cuando los elogios pretenden a la vez desdeñar la labor realizada día a día por muchos otros profesionales en el área! De todos modos, una afirmación a priori como la externada por el señor Sáenz no va a borrar las décadas de historia y de quehacer artístico.
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