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al grano Édgar Espinoza edgarespinoza@costarricense.cr A como veo la cosa, estoy por creer que el mundo sería infinitamente mejor sin el ser humano pues, hasta ahora, en función de la naturaleza toda, este ha actuado más como un perfecto inadaptado. Durante los cuatro mil novecientos millones novecientos mil años que tiene la Tierra de existir sin el hombre, todo anduvo pura vida. Tras los fogonazos y glaciaciones primitivos, vinieron las montañas y valles, los ríos y lagos, los mares y océanos; y, hará unos 700 millones de años, los primeros animalitos que, con gran contentera, estrenaron la vida. Por entonces, nuestro planeta vivía su máxima apoteosis gracias a una inteligencia natural que, desde el caos inicial, echó a andar la maquinaria cósmica; allá, con el estruendo de las galaxias, y acá, con los primeros bichitos como las medusas, y luego los bichotes, como los dinosaurios, hasta que, hace unos dos millones de años, la carajada empezó a oler raro. Y dicho y hecho. Un millón novecientos mil años después, el reino animal vio con estupor cómo unos maes enderezaban el espinazo, erguían el tronco y se apartaban del resto. Y así fue. El ser humano se apartó tanto de sus raíces que se volvió incapaz de sobrevivir en la montaña por su propia fuerza, al punto de que, para cazar, pescar o defenderse, echa mano de medios tan artificiales como destructores. ¿Alguien ha visto alguna vez a una leona disparar con escopeta a un búfalo, o a un oso dinamitar un lago para pescar? Ni siquiera estamos en condiciones de aguantar una picada de tábano porque corremos a la botica por el ungüento o la cremita. Y se hizo tan extraño a la naturaleza, que perdió toda sensibilidad por su hábitat al exterminar animales masivamente, arrasar la montaña, contaminar ríos y mares, corromper la atmósfera y sustituir sin piedad bosque por cemento. Los resultados están a la vista: el cielo con tamaño hueco; ríos como el Amazonas se secan; recalentamiento global; deshielo de los glaciares; tsunamis, huracanes… Por eso digo que la naturaleza no necesita para nada del hombre. Todo lo contrario: sin este, aquella hubiera seguido su evolución sin sobresaltos. Tampoco lo necesitaba para que hubiese una conciencia de existir, pues una simple flor la tiene cuando alucina al insecto con sus colores. No hay duda: somos el eslabón torcido de la cadena vital; los grandes infractores de sus leyes naturales. Algo de eso debió haber previsto Buda cuando enunció el retorno del hombre a lo no nacido, a la nada salvadora.
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