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Hombre y mujer Alberto Casals acasals2003@yahoo.com Presbítero En la Europa medieval hubo reinas mujeres coronadas al igual que reyes hombres. Al menos 20 de ellas gobernaron con derecho propio entre los años 1100 y 1600, sin contar las reinas consortes o las regentes. Blanca de Castilla, Isabel de Baviera e Isabel la Católica ponen de manifiesto el ejercicio de un poder extraordinario. El Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica habla de la creación del hombre, a la luz del relato recogido en la Biblia, en el libro del Génesis: “Y creó Dios a los hombres a su imagen; a imagen de Dios los creó; varón y hembra los creó” (Génesis, 1,27). La enseñanza de la Iglesia pone al mismo nivel de dignidad humana al hombre y a la mujer, la dignidad de personas humanas. De este modo las palabras del texto revelado dejan claro que el hombre y la mujer gozan de la misma dignidad fundamental, ya que la imagen de Dios reside igualmente sobre el uno y sobre la otra. Criaturas de Dios. El magisterio de la Iglesia y la tradición cristiana siempre han reconocido y promovido esta verdad. El cristianismo, a lo largo de su historia, proclamó con fuerza el valor de todo ser humano, y Juan Pablo II, a lo largo de su largo pontificado, no paró de insistir: todos hemos sido creados por Dios y todos estamos llamados a la santidad. También el Concilio Vaticano II recogió en sus documentos las enseñanzas de San Josemaría Escrivá sobre la llamada universal a la santidad para hombres y mujeres. “Ya no hay distinción entre judío o no judío, entre esclavo o libre, entre varón o mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús”, decía San Pablo a los Gálatas. Entre los mártires y los santos, los cristianos siempre han venerado, con legítimo orgullo, tanto a mujeres como a hombres. Este concepto de igualdad aportado por el mensaje de Cristo es el que se ha extendido ampliamente en la cultura actual. Igualdad no es exactamente identidad. La misma ciencia actual nos viene a señalar, con los avances en los conocimientos genéticos, que la igualdad de hombre y mujer no está en contradicción; sin embargo, con la diferencia sexual que implica algo todavía más profundo que los órganos externos o internos, pues afecta a todas y cada una de las células que llevan inscrito el sexo del individuo al que pertenecen, en su código genético. Ser hombre o ser mujer forma parte de la constitución íntima de la persona: son las dos maneras posibles de ser persona humana. Amor y comunión. Dice la Biblia que Dios pensó que no era bueno que el hombre estuviera solo y dio forma a la mujer, que el hombre reconoció como otro yo, con una exclamación de amor y comunión: “¡Esto es hueso de mis huesos y carne de mi carne!” (Génesis, 2,23). Entre el hombre y la mujer existe una recíproca complementariedad natural. No es que como individuos sean incompletos, sino que están llamados a vivir en comunión de personas y de algún modo ser un reflejo de la comunión de amor que se da en Dios, por la cual las tres personas –Padre, Hijo y Espíritu Santo– se aman en el misterio de la única vida divina. El Evangelio proclamó la igualdad de los hijos de Dios y la llamada de todos los hombres a un destino eterno. No es, pues, casualidad que entre los primeros mártires ya encontremos a esclavas cristianas como Felicidad de Cartago y Bolandina de Lyon.
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