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Uno de cada cinco Misa dominical: hay mucho por hacer y nos jugamos el todo por el todoMauricio Víquez Lizano Presbítero Ya es harto sabido que la parroquia es una determinada comunidad de fieles constituida de modo estable en la Iglesia particular y cuya cura pastoral ha sido encomendada por el obispo diocesano a un párroco que hace las veces de pastor propio. Las recientes publicaciones de La Nación acerca de la realidad de las parroquias en el centro del país ha generado interesantes reacciones en el interior de la Iglesia, pero ello no es suficiente, sobre todo cuando miramos lo que está pasando en las zonas más urbanas del Valle Central y en otras zonas ya tan populosas como algunas grandes ciudades ubicadas en nuestras diócesis del norte o del sur, e incluso ciudades costeras cada día más grandes y complejas. La reacción no ha alcanzado y el modo de atender la grave situación que se plantea amerita ir más allá de solo un esfuerzo por preparar en equipos las homilías dominicales por parte de los párrocos. Se necesita ir a la raíz y una solución más integral. Cara a la realidad. Es cierto, son otros tiempos. El peso de la cultura adveniente nos golpea un día sí y otro también. El ritmo de vida de las gentes, sus costumbres y dilemas son diferentes a los de otros tiempos. Las personas que habitan en nuestras comunidades cristianas necesitan respuestas de cara a una realidad que llevan, con respecto a la cual encuentran poca o ninguna luz cuando asisten a su parroquia a alguna actividad que, normalmente, es de culto. Hace algún tiempo el cardenal Mahoney, de Los Ángeles, decía algo que en su momento también agregaba el colombiano Jiménez Carvajal cuando estaba el frente del CELAM: la parroquia sigue vigente, es un gran vehículo de evangelización, pero, en cuanto tal, debe ser más efectiva. Hoy se impone una parroquia que haga de su vida litúrgica un elemento central, pero sabiendo que es un elemento entre otros que no pueden faltar. Hace falta una parroquia en contacto con la gente. Una red de servicios de todo tipo y de fácil acceso, más acogida y acompañamiento, momentos de reconciliación y formación, promoción de ministerios laicales y de un liderazgo nuevo, además de un largo etcétera que pasa por la atención de ambientes, situaciones especiales y una mejor comunicación. Hace falta también un modelo de pastor nuevo. Más en consecuencia que la presente realidad y el nuevo fiel que tenemos en frente. Allá por 1994 apareció un librito de H. Nouwen titulado En el nombre de Jesús. Un nuevo modelo de responsable de la comunidad cristiana. Una obra bomba que alguna vez me pareció excesiva y que hoy me parece dramáticamente profética. Un sacerdote y profesor de Nôtre Dame, Yale y Harvard que de pronto ve más allá de sus narices. Más cristianos. Nouwen habla de pasar de sentirse importante, de ir más allá del aislamiento, de ser más cristianos. Habla también de sanados que sanan, flexibles que exigen cortésmente, servidores que no mandan, sino que viven en comunión y en amistad con otros cristianos como ellos. En fin, hombres en camino que no se acomodan ni se aburguesan porque, ante todo, se sienten discípulos de Aquel que no da pausa para hacerlo y que obliga a cada uno a ser teólogo que sabe leer los signos de los tiempos, místicos sin ingenuidades, samaritanos generosos y caminantes que, con las virtudes humanas necesarias, no desentonan ni inciden en rarezas. Solo comunidades parroquiales así y guiadas por pastores con este perfil podrán ayudar a la gente a dejar de lado las “perezas” de que habla el reportaje de La Nación (24/12/06), animar a cada mujer y hombre de nuestro tiempo a abrir espacios en su agenda para Dios y a llevar a sus vidas un evangelio que, a veces, solo se queda resonando en las bancas del templo y casi nada en los corazones y la vida de cada uno de esos “uno de cada cinco” que asisten a la misa dominical cada semana o con cierta frecuencia. Hay mucho por hacer, y nos jugamos en ello el todo por el todo.
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