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En Vela Julio Rodríguez envela@nacion.com Cuando uno llega a las postrimerías del año o, como en mi caso, a la última columna… del año, necesariamente vuelve la vista atrás y hace un recuento de lo propio y de lo ajeno, de lo de aquí y de lo de allá, como en una película. Es bueno este ejercicio. Es bueno sentarse a la vera del camino y, en medio el frenesí actual, hacer un largo silencio y preguntarse: “Bueno, ¿de dónde vengo y hacia dónde voy?” y, por extensión, “¿hacia dónde va mi país y yo con él?”. Y, como ya empiezan a publicarse las consabidas estadísticas anuales sobre nuestras desventuras internas más prosaicas, viene al caso preguntarse, ante los primeros datos, qué nos estará pasando en cuanto al funcionamiento del sentido común, de esa especie de instinto de la verdad, de lo razonable, del camino recto, sin el cual realmente no podemos sobrevivir, aunque se adornen las paredes con los títulos académicos más sonoros del mundo. Comienzo con las denuncias de la ministra de Salud y del Dr. Hernández G., director general del Hospital Nacional de Niños (HNN), quien define el abuso de la pólvora –contra los menores de edad– como una enfermedad emergente (por la pólvora y por la irresponsabilidad y estupidez de los adultos). Así lo documenta, con cifras fehacientes, la Unidad de Quemados del HNN. En síntesis, 2003: 0 casos reportados. 2004: 3 casos. 2005: 3 casos. 2006: 11 casos hasta la fecha. ¿Nos estamos atontando? Accidentes de tránsito como pan cotidiano. Causas: falso adelantamiento, exceso de velocidad, abuso de licor. En cada festividad pública el Gobierno debe desplegar todo su arsenal, como si fuese una guerra, para luchar contra la imbecilidad humana. Portabebés en los vehículos: un estorbo. Cruce de las vías a pie, en lugar de usar los puentes aéreos: ¡qué pereza! “M´hijo, tráigame el fusil que está en el armario”. “No hay que reprimir a los niños ni a los jóvenes, ni ponerles límites. Este no es el mundo de antes”. Conclusión: las páginas de sucesos de la prensa. En cuanto a la gran política, las pruebas abundan. Si repasamos los reportajes anuales sobre los problemas del país, aun los más fáciles de resolver, y leemos las opiniones o propuestas de algunos prohombres, no encontramos una explicación más esclarecedora que una erosión galopante, por años, del buen juicio. Más que crisis de valores, crisis mental. ¿Será que la escuela no nos ha enseñado a pensar? En estas condiciones, ¿hacia dónde vamos? Propósito para el 2007: recobrar el sentido común.
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