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¿Quién se atreverá? Gloria Valerín R. Exdiputada En los últimos días, a propósito de la elección de un magistrado para la Sala Tercera de la Corte, se ha asestado un fuerte golpe a este país: el veto a don Francisco Dall’Anese. Frente a esto: el PAC, el FA y el PASE han sostenido una tesis de principio: no puede la Asamblea Legislativa legitimar el castigo político a un funcionario público que solo ha cumplido con su deber, y tampoco es posible que la política del chantaje (votos para el TLC a cambio de no elegir a Dall’Anese), se convierta, desde la Asamblea Legislativa, en política de gobierno. ¿Cuál es la lección aprendida? El funcionario público que se atreva a acusar, denunciar, enjuiciar y, peor aún, sentenciar, se expone a la muerte civil o política. ¿En qué quieren convertir a mi país? ¿Con qué derecho nos quitan la dignidad, el valor, la esperanza, la decencia? Los inacusables. Y no es que piense que no puede ser otra persona la designada. Hay muchas mujeres y hombres tan capaces como don Francisco. El problema no es tener una opción diferente. El problema es negarle a una persona el acceso a un cargo público porque debe pagar de esa manera el atrevimiento de acusar a los inacusables, de enjuiciar a los inenjuiciables. La honestidad y el valor, con independencia de que se coincida o no con el pensamiento de una persona, son valores demasiado escasos en estos días. El castigo ejemplarizante impuesto a don Francisco promueve conductas contrarias a las asumidas por él con tanto arrojo. Una pose más. El discurso de los políticos de viejo cuño contra la corrupción queda claro, no es sino una pose más, porque en la primera oportunidad que tienen para demostrar que se oponen a estas prácticas y a quienes las han convertido en una forma organizada de vida, en vez de apoyar la lucha anticorrupción más bien la debilitan. No esperen, todos los que participan de este juego macabro de verdades ocultas, de pactos inescrupulosos, de palabras impronunciables, que los costarricenses no reclamemos mañana respeto a esta nación, a sus cimientos democráticos y a su decencia. No entienden que en Palermo y en Sicilia alguna vez el castigo fue solo la muerte civil o política, y que ha costado siglos y demasiado dolor recobrar la libertad perdida.
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