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Mis regalos de Navidad Vanessa Loaiza N. vloaiza@nacion.com Recuerdo que de niña mis mejor regalo de Navidad fue una bicicleta rosada con respaldar alto, timbre escandaloso y tiritas plásticas en los puños de la manivela, que mi papá puso en la sala antes de que amaneciera. Y ni qué decir de la colección de muñecas flacas, con cintura de avispa, que mi mamá y mi abuela me compraban religiosamente cada diciembre. Conforme me hice más vieja agradecí la blusa de moda y la recua de zapatos que me hacían ojitos en la vitrina. Aprendí también a valorar un abrazo, una sonrisa, una llamada lejana y la flor inesperada de un amigo. Sin embargo, estoy completamente segura de que esta será, con mucho, la Navidad más hermosa de mi vida. El 22 de abril, mi prima Paola Peralta sufrió un severo aneurisma que la sumió en coma durante larguísimas semanas. Los médicos descartaron su recuperación y la familia firmó los papeles para donar los órganos de Pao. La ciencia decía que solamente uno en millones se recupera de esta enfermedad... Durante casi dos meses y medio, estuvo conectada a un respirador, realizaba algunos movimientos con sus ojos, pero los expertos decían que eran reflejos involuntarios. Los médicos seguían muy poco optimistas y nosotros los combatíamos con fe y millones de oracio- nes. Un día cualquiera, Pao abrió los ojos, empezó a mirar a sus hermanas, y una mañana sorprendió a Eli diciéndole: “¡mamá!”. Estoy segura de que hace mucho no lloraba con tanta honestidad como entonces. Desde el amanecer del aneurisma y hasta ahora han transcurrido ocho meses. Pao reta a la ciencia cada día: está aprendiendo a hablar, come por cuenta propia y ya gatea, el primer paso para volver a caminar. Este 3 de marzo, mi amigo César también se enfrentó al oscuro cañón de la muerte, cuando una bala se le alojó en la cabeza. Hoy, con César totalmente recuperado, los doctores no saben explicar de qué manera el plomo se alojó detrás del tabique nasal y se detuvo precisamente a milímetros del cerebro. César recuerda ahora cómo, en aquellos minutos posteriores al impacto, vio solamente la imagen resplandeciente de un hombre vestido con túnica blanca, que lo condujo por las calles de Heredia, hasta que apareció la ambulancia. ¡Mi vida tiene ante sus ojos dos auténticos milagros! Entonces, ¿para qué más regalos? Ya Dios me demostró que Él está en cada paso que damos y hace nuevas todas las cosas.
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