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Apuros y hazañas de un jinete inexperto en topes Relinchos, trote lento y bellas razas equinas cautivaron a los espectadoresCaballistas y público se fundieron en alegría y orden del tope nacional Jairo Villegas S. jvillegas@nacion.com Cabalgar por primera vez no es una tarea fácil, principalmente si esta “inauguración” se hace en una prueba difícil como el tope nacional, en medio de unos 3.000 caballistas participantes. Los apuros son muchos: desde “dominar” al dócil caballo hasta tratar de cumplir la tarea imposible de evitar los golpes que otros equinos propinan con su lomo y ancas debido al poco espacio. Estas fueron solo parte de las congojas que este redactor vivió ayer al convertirse por casi dos horas en un “jinete” y recorrer los cuatro kilómetros del tope, desde el Paseo Colón hasta plaza González Víquez, en la capital. El principal obstáculo a vencer fueron los nervios producto por la inexperiencia y el temor de un golpe por parte de algunos de los caballos que se levantaban en dos patas o que hacían pequeños saltos guiados por sus jinetes. Pero la colaboración entre jinetes y la alegría que despierta el tope entre el público hicieron que el ambiente fuera muy ameno y con ello reapareció la calma. Las primeras instrucciones las recibí de Augusto Carballo, experto jinete vecino de Escazú, quien realizó el tope acompañado por su hija Jimena. “No esté tenso y no jale muy fuerte las riendas”, me dijo. De esta forma, mi caballo no se iba a levantar y así no me botaría. Las instrucciones de Carballo también fueron cumplidas por el público, pues los miles de espectadores a lo largo del recorrido dieron rienda suelta a la alegría: bailaron, gritaron y disfrutaron de los caballos y las caballistas. Mientras, los niños imploraban para que cualquier caballo se acercara a la acera y así acariciarlo por algunos segundos. A todo galope. La química entre los caballistas y el público fue tan grande que varias muchachas dejaron su campo en las aceras para atender la invitación de un jinete y acompañarlos a todo galope. También, los espectadores invitaron a los jinetes a bebidas y bocadillos, intercambiaron sonrisas y hasta números telefónicos. Nancy Solís, quien alquiló un caballo criollo llamado Chocolate, en ¢25.000 y por primera vez participó en un tope, dijo que eliminó los nervios por la ayuda que le brindaron otros caballistas. Al final, aseguró que volverá el otro año. Interminable. El tope arrancó puntualmente, a la 1 p. m. ,como lo prometió la Municipalidad josefina. No obstante, el mar de jinetes fue tan profundo que mi caballo Balú (de raza appaloosa) y yo salimos a las 2:30 p. m. con un trote lento y a ritmo de los relinchos. Durante las primeras cuadras, fue imposible avanzar más de 10 metros de forma consecutiva debido a la cantidad de caballistas. Lo mismo ocurrió frente a los puestos desde donde las televisoras transmitían, pues muchos querían aparecer en cámaras. La espera no importó y los jinetes, expertos y novatos, nos mezclamos, lo que me dio más confianza. Henry Benavides, colombiano que tiene 20 años de vivir en Costa Rica, aseguró que participa en el tope “desde hace muchos años”, pues es una fiesta que en pocas ciudades capitales en el mundo se realiza. Como parte del espectáculo, sobresalieron varios ejemplares de la raza andaluz, caballos altos y negros con un paso muy elegante. También hubo aztecas, pura sangre, pinto e iberoamericanos. Pero los equinos que más abundaron fueron los criollos, que demostraron su sencillo trote. Tras el fiestón por las calles capitalinas por el tradicional tope, los caballistas que se inscribieron bailaron al ritmo del grupo musical Kalúa en plaza González Víquez. Ahí, la Municipalidad de San José rifó entre los participantes inscritos (unos 1.000 de los 3.000 caballistas) tres viajes a República Dominicana, dos a México, tres monturas y un caballo.
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